Desde mi ventana

Antonia Cortes


Café de puchero

08/04/2021

La idea de pasar el fin de semana lejos del mundanal ruido, aunque fuera a unos cuantos kilómetros de casa, le pareció fascinante. Un buen jersey y unas botas fuertes era lo único que necesitaba. No sabe cómo Juan dio con aquel lugar y aquella señora. Nada más bajar del coche, el inconfundible olor a café de puchero le puso los pelos de punta. Un primer calambrazo que pasó a ser una caricia. Los recuerdos de la infancia afloraron como la alegría en una noche de Reyes Magos. No dijo nada para evitar ese continuo reproche de vivir más en el ayer que en el presente. Para no pensar en la insensibilidad que esconde una mente científica que no entiende la posibilidad de perderse en emociones absurdas. Decidió callar para que no se espantara la calma ni la magia del momento.

El café recién hecho en una lumbre… Caminaron unos metros hasta la entrada de la casa. La puerta de madera entreabierta no escondía los años, como tampoco la invitación a pasar. La empujaron suavemente. Ella se quedó quieta unos segundos, respirando profundamente ese olor que se hizo más intenso. Y se evadió como si nada más existiera, hasta que un tirón del brazo, algo brusco, y unas palabras entre dientes indescifrables, la trajeron a la realidad. Y allí estaba. Como una aparición, como esa luz de una vela en mitad de la oscuridad.

Al fondo de la estancia, una señora de pelo blanco recogido en un moño se agachaba al lado de la chimenea. Ella se quedó paralizada mientras los ojos de Juan parecían gritar que no se parara de nuevo. La anciana se giró lentamente. El puchero de porcelana granate en su mano abrasó de amor su corazón. Hace frío, dijo, estoy segura de que ya habéis percibido el aroma de este café, porque ninguno huele así en la ciudad. No fue ella quien contestó, sino Juan, con una afirmación tan convincente y elogiosa que parecía estar hablando otra persona.

Antes de servirles una taza, pasó el café de un puchero a otro para colar los posos con un colador del que colgaba un trapito blanco. Esa escena le era tan familiar… La cara de sorpresa de él delataba que jamás había visto ese ritual. De pronto, los rasgos de aquella mujer se difuminaron como un suspiro y ella creyó ver la sonrisa de su abuela. Segundos más tarde, ahí estaban los tres: bebiendo ese café de puchero al calor de la lumbre.

Era la primera vez en dos años que Juan estaba relajado. Sujetaba el café con sus dos manos a la altura de la nariz como si fuera una rosa recién cortada. La señora de pelo blanco recogido en un moño se levantó de repente. Es tarde, susurró. Solo ella vio cómo la anciana le guiñaba el ojo a la vez que desaparecía tras la vieja puerta de madera.