Con Permiso

José Luis Loarce


Bebé Antoñito

23/06/2020

El pintor Antonio López García, de 84 años, ha vuelto a la infancia. De la que nunca se había ido. Pintó a su hija Carmencita jugando. Hizo esculturas y retratos de ella y de María, su otra hija. Pero ahora es él mismo frente al tiempo. Actor y personaje. Objeto y sujeto del hecho artístico.
Antonio perdió en febrero a su mujer, la pintora María Moreno. Es ya el último representante de una generación realista con aire de familia y rodeada en España del informalismo plástico. Sin la eterna compañera, en la confesada tristeza de su viudez, ha seguido a lo suyo, no sin dejar de ver el mundo con ese pesimismo luminoso y existencial tan propio.
Ahora vuelve a ser para mí, cariñosamente, el Antoñito del Tomelloso de siempre. Se ha hecho pequeño en su grandeza humilde. Más Antoñito que nunca, porque se ha convertido en su propio tema. El arte que no deja nunca de retratar al artista. Ahora trabaja en la escultura de un autorretrato de bebé. La prensa ha publicado las fotos que su hija María le ha hecho trabajando en el yeso, a tamaño real, a partir de una foto suya con seis meses. En la imagen está sobre un cojín y solo unas manos adultas le sujetan por detrás. «Aunque solo sea un bebé, noto que soy yo, que ahí está mi esencia. Cuando termine la escultura podré cogerme en brazos y sentir, quién sabe, el peso de mi propia existencia», ha contado en una entrevista.
En el tiempo pandémico hemos vuelto la mirada hacia su cuadro Gran Vía (1974-1981), emblemático y tan reproducido. El cruce con Alcalá, a las 6:30 de la mañana en el reloj de Grassy. El asfalto cubre casi la mitad inferior del óleo y se empina hasta el edificio Telefónica, que busca en las alturas la luz incipiente de un Madrid deshabitado y espectral, inédito hasta que el coronavirus quiso imitar al arte.
Autor que acertó a aislarse pintando la gran urbe a modo de introspección más allá de lo real aparente, hoy esa interiorización es un retorno inquietante y enigmático. Como si en la trayectoria del artista operase un movimiento circular que disolviera pasado y presente, confundiendo la medida del tiempo y la distancia en un juego de espejos que cristaliza en autoconocimiento, incluso para el espectador que se busque en las viejas fotos familiares.
Los clásicos representaron también a dioses y héroes como niños, encarnaban la eternidad del tiempo por llegar, la vida esperanzada; Antonio López, todo un clásico, ha creado su medida del tiempo: el sol eterno sobre el membrillo, lo permanente que te identifica. «Noté que había algo inmutable en el gesto, que esa forma de sonreír no había cambiado» [sobre su foto de bebé]. Inmutabilidad de la urbe madrileña despersonificada, pero extrañamente humana, como el bebé en el que nos miramos.