Ramón Horcajada


El payaso malabarista

18/07/2020

Serían numerosos los autores con los que, a lo largo de estos años y cada uno con su perspectiva, he ido aprendiendo a intuir la dinámica histórica y social que ha ido conformando desde hace muchas décadas la gestación del sujeto contemporáneo (Mounier, Carlos Díaz, Ricoeur, Brückner, Lipovetsky, MacIntyre, más actual Byung- Chul Han y un largo etcétera). La dinámica que han sabido intuir como nadie ha sido un análisis perfecto, para mí, de las etapas a través de las que hemos llegado a ese sujeto anarcisado y enclenque en que nos hemos convertido, un sujeto mimado, con derecho a todo. Hace tiempo se quiso proteger a ese sujeto y hemos provocado lo contrario: un ser indefenso, infantil e inmaduro, pura subjetividad y descargado de deberes. Y como llevo tiempo diciendo, un sujeto cada vez más esclavo de sí mismo, extenuado por la carga que supone su propia libertad y sus propios derechos ya que no sabe qué hacer con ellos. 
La derrota ha sido monumental. Este sujeto es incapaz de percibir algo que supere sus propios apetitos y deseos. Vive sospechando, porque desde cualquier parte puede surgir algo que pueda suponer un límite de sus derechos. La responsabilidad para con el otro y con el bien común sólo le toca cuando su pobre ego se siente lastimado, pero jamás hará el mínimo sacrificio en orden a la consecución de proyectos globales que valgan la pena. La educación, la sanidad y las cuestiones sociales le interesan sólo por cuanto se asegura el mínimo de bienestar para sí mismo. Pero esto no debe suponer ningún sacrificio ni esfuerzo para su persona porque entonces perdería, y a eso no está dispuesto. 
El sujeto occidental se ha convertido en un corrupto y ha consentido que la política se convierta en pudridero de corruptos desde el momento que toleró que su voto valía dinero. No, no son culpables los políticos, ha sido la corrupción del pueblo la que ha hecho de sus políticos lo que son. Y ahora ese pueblo tiene lo que se merece. Fariseos egocéntricos es lo que somos. Y el sujeto occidental acaba como payaso malabarista haciendo lo que sea por cuadrar y justificar las decisiones de los impresentables que le representan. ¡Ay, si de verdad tuviésemos dignidad!
A un mundo de personas se llega por la comunicación de existencias, por la co-existencia (Mounier, Buber, Levinas, C. Díaz). Un individuo fuerte es un individuo vinculado y no aislado, es un individuo que se siente en deuda y responsable. El hombre occidental ya no necesita que le protejan, hay que inyectarle la necesidad de algún valor que lo inspire, de desafíos que lo despierten. El individualismo se cura no por un regreso a la tradición o a una permisividad mayor, sino definiendo el ideal, la exigencia de un ideal en un conjunto que le supere, como insistió también ya hace muchos años Ortega y Gasset. Pero para esto hace falta una antropología seria y con fundamento. Y este sujeto teme todo lo que huele a fundamento. Por eso acaba haciendo malabares cual payaso circense para las justificaciones que necesite a cada momento.
La persona debe convertirse en cortafuegos de las movilizaciones masivas y conformistas, por muy progresistas que parezcan, y abrirse a lo que le engrandece, a lo que la saca de sí hacia un más-ser. Los grandes valores de la democracia, de la razón, de la educación, de la responsabilidad, de la prudencia, recuperar la libertad por encima de la felicidad…
¡La felicidad! Palabra maldita. Nuestro sujeto tiene derecho a todo menos a conformarse con cualquier cosa, lo cual le ha ido dejando un poso de angustia cuya traducción ha sido banalidad, vulgaridad, tedio e insipidez. Es el Prometeo cansado de Byung- Chul Han. El hombre de hoy sufre por no querer sufrir, igual que ha caído enfermo buscando la salud perfecta, según Brückner. 
Para numerosos filósofos siempre existió un mundo excelso para el que determinados medios podían ayudar a alcanzarlo: bienestar, posesiones, etc. Hoy esos medios se han convertido en fines y ahí tenemos a nuestro payaso malabarista reivindicando como merecido lo que no lo es, y se atreve incluso a enseñarlo en la escuela, como si se comprase o como si pudiese imitarse. Felicidad a cualquier precio, narcótico que nos esclaviza (Un mundo feliz) ya sea en forma de química, espiritual o psicológica. Y el payaso circense se vuelve loco con sus propios malabares creyendo que la felicidad es una forma de cálculo. 
«Deberíamos amar más la vida como para sólo querer ser felices» (P. Brückner).