TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


La hora loca que desató las tormentas de agosto

01/08/2020

El viernes, antes de las 10 de la mañana, cuando millones de españoles preparaban su salida hacia las vacaciones más inciertas de sus vidas, ocurrieron de golpe las siguientes cosas:

Primero, se conoció que España va a ostentar el récord europeo del desplome económico causado por el coronavirus. Por cierto, también ostenta el récord, quizá mundial, de nuevos contagios.

A esa misma hora, se esperaba la inauguración oficial por el Rey de la Conferencia de Presidentes Autonómicos, con las ausencias de Torra y Urkullu. Pero, inesperadamente, llegó la noticia de que el lehendakari había negociado bilateralmente con el Gobierno central su asistencia a la cumbre de San Millán de la Cogolla. Y eso (el trato discriminatoriamente beneficioso al presidente vasco a cambio solamente de su presencia con sus colegas de otras autonomías) desató una tormenta que, seguramente, va a ser la menor de las tormentas en el agosto más atípico que hemos conocido.

El resultado de la Conferencia de Presidentes Autonómicos, con la prevista ausencia del president de la Generalitat catalana -menos mal que va a serlo ya por poco tiempo- me dejó personalmente frío.

No entiendo por qué critican los demás presidentes que Urkullu haya pretendido, y logrado, negociar bilateralmente con Pedro Sánchez, cuando se constató que la principal preocupación de todos ellos consistía en saber cuánta parte de esos 140.000 millones que traerá Europa va a ir a parar a su autonomía.

No hay, contra lo que Sánchez y la UE proponen, un proyecto general, una idea de nación. Y cambiar la mentalidad de terruño por una aspiración global de reconstrucción nacional va a ser, me temo, muy difícil.

Se demuestra una vez más que el territorial es el principal problema de España, y mucho más en tiempo de vacas tan flacas como las que llegan para embestirnos. Ya no es solamente la cuestión vasca -donde los anhelos independentistas casi han desaparecido- o la catalana, que muestra una tendencia a la baja en el afán secesionista, concediendo, así, una cierta esperanza a una solución bien negociada: es que la construcción de un país más democrático, más moderno, más igualitario, sigue siendo un asunto pendiente, si se lo compara con los intereses locales de cada una de las autonomías.

Algo sigue fallando en el Estado autonómico, desde la financiación hasta el concepto de solidaridad. Simplemente, el encaje del territorio sigue sin cerrarse.

Con su negociación -exitosa- con la Hacienda central, Urkullu hizo lo que siempre ha hecho el PNV, que no disimula su desinterés por la marcha de España como nación: actuar en beneficio propio aprovechando su ya privilegiado estatus con el concierto. Pero, al tiempo, cierto es que el lehendakari al menos se integró en los trabajos comunes de San Millán, y que nos ha hecho saber cómo trató de negociar con el entonces president Puigdemont para que este no cometiera la locura que finalmente cometió: declarar la independencia de los cincuenta segundos de duración en lugar de convocar, como le instaba a hacer, elecciones. Y, desde entonces (tres años se cumplirán en octubre), el caos.

Creo, sinceramente, que Sánchez tiene buena voluntad para encarrilar este enorme problema territorial que, desde luego, no ha creado este Gobierno, ni lo creó el anterior, ni el anterior.

El Título de las Autonomías (VIII) en la Constitución debería haberse modificado hace tiempo, actualizándolo a las nuevas circunstancias. La pereza y falta de ideas tradicionales en nuestros gobernantes desdeñó entonces una reforma constitucional que ahora, en estos tiempos de acoso a la forma del Estado -esa es otra cuestión que provocará chispas este agosto-, resultaría muy peligrosa.

Eso hace que el Ejecutivo, que debería remodelarse para los retos que vienen, tenga que hilar especialmente fino ante el delicadísimo otoño que nos llega. Y los gobiernos autonómicos, todos ellos, lo mismo: ahora, más que nunca, la coordinación, y no el qué hay de lo mío, es imprescindible.