LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Toledo y la niebla

19/11/2020

Cuando me di cuenta de que Toledo quedaba sumergida en la niebla durante seis meses, me entristecí. Sin embargo, andado el tiempo, comprobé que se trataba de una más de sus caras, del rostro más bello que pudiera ofrecer una ciudad mecida en el sueño. Toledo nació de la piedra y se elevó sobre la peña hasta quedar quieta sobre el remanso de su pesadumbre. Vino al mundo sobre un río que la abrazaba sin límites y, tal como su madre la parió, así permaneció por los siglos de los siglos. Vinieron sultanes, marajás, reyes, califas y cardenales… Y la ciudad cedió en su sincero silencio, como si no fuera con ella, conocedora de la verdad de la vida, de la esencia de las cosas, de la rotundidad de sus murallas. Vosotros vendréis, pero pasaréis; mientras yo quedo quieta, silente, esperando al próximo amante que quiera conquistarme.
Noviembre es el mes más hermoso del año porque es el reverso de mayo, el otoño desplegado por dentro, el verde opaco de los verdes, las raíces brotando por dentro. A Toledo sube una niebla del Tajo que la abraza perenne, la besa y hace suya, vive una luna de miel permanente y la hiende sobre la cama que forman el cielo y la lluvia. La primera vez sorprende y amarga el gesto. Si es Toledo tan bonita, cómo es posible que el tiempo me la quite. Hasta que aprendes a mirar y te das cuenta de la circunstancia. Toledo con niebla es una novia recién lavada, terminadita de vestir, con los ojos bañados en lágrimas. Es la doncella que no muestra nada por pudor mientras los velos la cubren para hacerla aún más hermosa. Es el abrazo primoroso de los amantes su beso eterno con la niebla y esa estampa, hundida en la hierba, no es más que el recuerdo de un sueño invertido donde las vaporosas aguas del cerebro la celebran en silencio. Se sabe tan bella, que aguarda al tiempo sin prisa y con cadencia, segura de que caerás a sus pies algún día.
Esta semana la niebla se filtra hasta la piedra misma y la hace ausente como carne de niño, igual que un poema de Cernuda, que dulcemente hiere en su belleza aguda. Toledo en niebla es San Juan de la Cruz, mística pura, carmelo descalzo, Santa Teresa quieta, San Clemente dormido, mazapán abierto. La realidad se difumina y diluye entre las sienes, se vuelve cuadro impresionista, se hunde en las pupilas de los ojos. Para lo que hay que ver, mejor que suba la niebla y tiña de paños blancos la realidad y el deseo, la impostura y el amargor, la enfermedad y la tiniebla. Que no levante la bruma hasta que eleve la paloma el vuelo y se descosa la pandemia.
Juan Ramón Jiménez me enseñó a prescindir de los ropajes. Pasó su vida corrigiendo la primera poesía de juventud, aquella modernista que venía prendada de oropeles y trompetas. Se dio cuenta de que la belleza era más real cuanto más desnuda, cuanto más hermosa en su esencia… Y así alumbró el verso más rotundo de la literatura… Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas… Con Toledo sucede algo parecido. Es tan hermosa que solo el dulce velo de la ligera niebla puede hacerla más seductora. Es el erotismo encontrado, caído tristemente en las hojas del otoño, cuando el áurea de la vida se descompone entre sus más maduros descendientes… Las raíces retuercen sus brazos entre la tierra y el frío. Y la ciudad aparece hundida, sumergida entre las aguas, arrullada por la niebla. Para verla limpia, de cerca, en esencia, solo hay que abrazarla como al bebé que rompe en llanto y cristales la profunda y oscura madrugada.