Antonio Pérez Henares

PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


Un país donde empezamos a llevarnos mal

11/06/2021

Siempre, y he viajado un poco, he considerado que uno de los mayores privilegios es vivir en España. Más allá de consideraciones económicas, que siempre haber caído en la Europa desarrollada y democrática es otro plus, desigualdades sociales y situaciones personales que, por supuesto las hay, siempre he tenido muy dentro que España, y supongo que, con el añadido de ser español, es un buen país para vivir.
Y lo sigue siendo, me aferro a ello. Pero… ¡ay! Empiezo a sentir de manera cada vez más creciente ese pero. Que para que desde el principio quede claro no va, no quiere ir hoy por política, aunque siempre anda revuelta en todo, sino en algo más a flor de calle, de gente de a pie o sentada de todos nosotros de lo que nos está sucediendo como pueblo y como sociedad.
 Lo que percibo, y me duele cada vez más, es que los españoles nos empezamos a llevar mal entre nosotros, desde luego nos llevamos peor que nos llevábamos hasta hace no tanto tiempo.  Que ahora el que opina de otra forma o va por el otro lado o quiere no ir por el nuestro ya no solo es un adversario, sino que se convierte en enemigo y aún, pero, en alguien despreciable con el que ni rozarse.
 No llega todavía a aflorar del todo, pero cada vez asoma más y más. Ya no nos presentamos como personas sino encuadrados en escuadrones y en los ‘ismos’ pertinentes que se contraponen con agresividad a los otros. Y si eres de estos eres de los míos y si no eres sabandija. Pero no por ti mismo sino por la ‘cuadra’ a la que perteneces. El individuo, la persona y su personalidad ya no importa o lo hace cada vez menos sino de que tribu, facción y cofradía es.
 Ello flota a nuestro alrededor y ahora se emponzoña además con la pertenencia territorial también. Siempre he entendido que el amor y aprecio por lo propio, esa sensación de pertenencia y cariño a unas raíces personales y colectivas, ese apreciar y querer lo propio no lleva, en absoluto aparejado, el despreciar lo otro. Ni siquiera ponerse a compáralo para sacarle falta. Esa maravillosa diversidad siempre me ha entusiasmado. Es quizás lo que más me ha hecho amar a nuestro país. Soy castellano y llevo cierta impronta, a la que se unió mi vivencia y educación cuando niño y primera adolescencia en el País Vasco, pero eso me hace admirar y de qué forma, pongo, por ejemplo, la montaña leonesa o las llanuras manchegas. Y a sus gentes, antes que a nada al personal y a las personas que moran allí. Por disfrutar Andalucía no entiendo que haya de despotricarse de Galicia y por hacerlo de la cordillera Cantábrica no hay que echar pestes del Delta del Ebro. Pero hasta ahí estamos llegando o nos quieren algunos y no, me lo he prometido esta vez, voy a señalar.
 No podemos caer en ello y cada día lo estamos haciendo más. Estamos empezando a mirarnos mal, a señalar con el dedo acusador al vecino y a ponerle la cruz y tachar a quien nos ha manifestado una opinión ya ni contrario sino no coincidente que la nuestra. Nos estamos, y acabo por donde principié, empezando a llevar mal. Y es tan estúpido en muchas ocasiones que no es ni siquiera por una cosa y cuestión personal, que eso siempre está y es lo comprensible, sino porque no estamos conformando en seres de bandada y de rebaño y como tales picamos o embestimos. Cosas de manada contra manada y donde el tú y yo y el yo desaparecen para dar lugar a nosotros y ellos, los nuestros y los suyos.
 Y esa es una España donde ya gusta menos vivir.



Las más vistas

Opinión

A las puertas de las iglesias

Nadie sabe, sí los sacerdotes, cuánto se los requiere buscando consuelo, esperanza, apoyo, respuestas. No podemos ni imaginar cuánta gente está necesitada de Dios, y se expresa de muy distintas maneras.