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Juan Villegas

Edeumonía

Juan Villegas


La zona de confort

08/10/2021

  Esta tierra manchega nos regala pocos días al año en los que la climatología sea verdaderamente agradable. Sabemos que apenas si tenemos algunos días de otoño y que  los de primavera casi se podrían contar con los dedos de una mano.  Estamos acostumbrados a sufrir un clima duro, de extremos, de mucho calor en verano y crudos inviernos, sin que por estos parajes se pueda disfrutar de prolongadas estaciones templadas entremedias del calor  y del frío.  Por eso cuando nos encontramos con estos días soleados y templados que cada año por estas fechas nos suele regalar San Miguel, días de soles dorados y maduros, soles del membrillo y la granada, de color a vendimia, en los que tan a gusto se pasea por el campo o por las calles animadas y ajetreadas por el comienzo de curso, resulta difícil escapar al comentario generalizado que todos hacemos: “¡Qué días más buenos!”.  Esto mismo hace poco me comentaba un buen amigo, “qué bien se está”, me decía,  sentados a media tarde en una de tantas terrazas que hay en esta ciudad tan agradable para vivir,  a lo que añadía, con cierta queja y desconcierto, el comentario de que por qué habrá tanta gente empeñada últimamente en querer sacarnos de lo que llaman la “zona de confort”, sin  acabar de entender el hecho de que tanto gurú del coaching  y la legión de adeptos a los principios y técnicas de los programas de desarrollo personal que hay estén tan empeñados en  echarnos de  nuestras existencias apacibles y tranquilas.

   Suele haber expresiones o términos que se filtran desde los niveles del lenguaje técnico hasta el habla cotidiano, de tal manera que se instalan y arraigan en la cultura popular y se incorporan con más o menos exactitud al saber corriente y usual. Uno de estos términos ha sido el de “zona de confort”. Este concepto procede del ámbito de la psicología y empezó a utilizarse a principios del siglo XX por dos investigadores, John Dodson y Robert Yerkes,  que demostraron que un estado anímico de comodidad genera un nivel constante de rendimiento pero que si queremos que aumente el rendimiento se debería introducir en el sujeto cierto grado de ansiedad y estrés, es lo que llamaron “ansiedad óptima”, algo que se consigue llevándolo más allá de las fronteras de la zona de confort. Así, la zona de confort estaría constituida por el entorno de relaciones personales de afecto sólidas y estables, las relaciones laborales con garantía de estabilidad y permanencia, el entorno físico conocido para el que hemos adaptado nuestras vidas y en el que sabemos desenvolvernos. Es el mundo habitable que todos buscamos construir y en el deseamos vivir. Simbólicamente, es el hogar al que al caer la tarde todos quisiéramos volver. Es el suelo que nos da sustento y en el que poder enraizar nuestras existencias, es el permanecer, lo que dura, el mundo que nos acoge, que nos da acomodo y nos resguarda, es el amparo y la compañía. Por el contrario, lo que hay más allá de la zona de confort es el desarraigo, lo extraño y adverso, lo que no controlamos, la incertidumbre, la inseguridad, lo provisional, el instante, lo imprevisto, el miedo al peligro acechante, una vida vivida sobre la inestabilidad y la fluidez, con palabras del filósofo Josep María Esquirol, diríamos que es la intemperie y la indefensión.

   Nadie podrá discutir que hay vivencias que provocan la necesaria desinstalación, que, en pequeñas dosis y bien administrados, la ansiedad y el estrés nos mantienen expectantes y curiosos, hacen posible la aventura de adentrarse en lo desconocido, conquistar nuevos espacios a lo inhóspito, en definitiva, que propician  el irrenunciable cambio. Por otro lado, no se podrá negar la fuerza de la exigencia ética, o religiosa para algunos, que llama a la salida de nuestra  zona de confort y exige su renuncia siempre en pro de al más valioso. Pero otro cosa es la dinámica perversa de la antropología del “homo economicus y productivus” que deliberadamente somete a hombres y mujeres a la tiranía de la producción aunque para ello haya que mantenerlos siempre lejos de sus zonas de confort, en un mundo en el que nada pueda haber que nos retenga, que nos instale, que nos sea definitivo. Nos estamos acostumbrando a pensar que va a ser inevitable tener que cambiar de trabajo varias veces a lo largo de nuestra vida, de ciudad, de país, de compañeros, que es imposible tener hijos, parejas estables, familias o amigos que puedan atarnos, acomodarnos. Y todo para convertirnos en  perfectas máquinas productivas engrasadas con la ansiedad y el estrés que nos espolea para sacar de nosotros el máximo rendimiento posible, aunque sea a costa de nunca poder llegar a decir, como mi buen amigo, desde su trabajo de toda la vida, su casa de siempre y esta ciudad pequeña de la mancha en otoño ¡que bien y qué a gusto se está!.