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Antonio Herraiz

DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


La Fiesta sin regalías

08/10/2021

María Jesús Montero es una ministra con gracia, que no graciosa. Es de Sevilla y lo lleva en la sangre. Pedro Sánchez la puso de portavoz para ver si le daba algo de salsa a las anodinas ruedas de prensa después del Consejo de Ministros y ejecutó a la siempre gris Isabel Celaá. Entre la de Triana y la de Bilbao, al menos en las cosas del humor, ganaba la trianera, y eso que Celaá también dejó momentos para el recuerdo sin tener ni pizca de gracia: «No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres».
Lo de ser portavoz te marca y algunos lo ven como plataforma de lanzamiento para desafíos mayores. Desde Javier Solana, que pasó por varios ministerios -portavocía incluida- y llegó a ser secretario general de la OTAN, hasta Mariano Rajoy, que acabó dirigiendo el país; o el mismísimo Alfredo Pérez Rubalcaba, a quien los que más lloraron su muerte fueron los que le hicieron la vida imposible al frente de la Secretaría General del PSOE. Hay portavoces que pasaron más inadvertidos, como Pío Cabanillas o incluso Íñigo Méndez de Vigo, y otros que después buscaron acomodo sin necesidad de grandes complicaciones como Teresa Fernández de la Vega. También encontramos portavoces fugaces como Pepiño Blanco, al que el cargo no le duró ni medio año, y otros que no cumplieron sus expectativas posteriores como Soraya Sáenz de Santamaría, que vio truncadas sus aspiraciones tras esa loca carrera en la que se enfrentó a Cospedal y a Pablo Casado.
María Jesús Montero fue la portavoz en los meses más duros de la pandemia. De haberse expuesto más de lo necesario, nos habría dado momentos de gloria, pero Sánchez le encomendó esa tortura a Fernando Simón, que ha desaparecido después de quedar abrasado por asumir una parte política que no le correspondía. A Montero le ha sustituido la manchega Isabel Rodríguez, que a pesar de su lozana juventud tiene más tiros pegados que mi amigo Emilio Taracena, que es capaz de abatir un conejo con los ojos cerrados. Y Montero se ha quedado como ministra de Hacienda, con la guasa a la que nos tiene acostumbrados.
La ministra chiqui también ha dejado frases que piden mármol. Ahora que el caso Ghali acorrala al Gobierno, es la que dijo que el líder del Frente Polisario no había entrado en España con una identidad falsa, sino con una ‘identidad distinta’. Y es a esta Montero, no a la de Igualdad -que habría tenido también su aquel-, a la que le ha correspondido explicar por qué los toros se quedan fuera del bono a los jóvenes. Dice la titular de Hacienda que hay que excluir la tauromaquia del bono cultural joven porque «hay que priorizar» entre los sectores de la cultura a los que quieren ayudar. Como en esas comparecencias de prensa es siempre complicado repreguntar, la cuestión inmediata está clara: ¿Priorizar ante qué? ¿Van a priorizar el reguetón ante los toros? Que lo digan. Quizá la Fiesta no necesite tampoco de regalías, aun siendo uno de los sectores del ámbito cultural más perjudicados, por encima del cine o el teatro. Ahora que en lo artístico otoño ha reforzado la Fiesta en Madrid y en Sevilla, toca hacer un trabajo que no gusta a los que siguen amarrados al romanticismo. Es necesario que se dejen de palabras huecas o de reducirlo todo a una Justicia siempre lenta. La supervivencia de los toros no depende de un bono que solo busca votos. En cambio, el ninguneo administrativo a un referente cultural e identitario de España exige una reacción contundente y rápida. Lo contrario será perder una batalla quizá definitiva.