Elisabeth Porrero


Y si después...

07/04/2021

Dicen los psicólogos que se normalizan determinadas actitudes que antes de aparecer ni considerábamos en nuestra vida. Lo estamos comprobando ahora, cuando nos hemos acostumbrado a echarnos gel hidroalcohólico en las manos al pasar a establecimientos, a ponernos la mascarilla, a no besar a los amigos y a seguir algunas normas más.
Nos han obligado a ellos las circunstancias sanitarias, pero, si los pensamos despacio, podemos llegar a la conclusión de que no todas estas reglas están tan mal. Tal vez sería bueno que nos obliguen a limpiarnos las manos siempre que vayamos a una tienda de ropa, zapatos o complementos puesto que vamos a tocar cosas que antes o después han pasado o pasan por las manos de otras personas. Y sería una forma de cuidar esos objetos puestos a la venta, que siempre deberían permanecer limpios, y de mostrar más respeto a la gente que va a pasar también a ese negocio.
De igual modo, se han restringido las visitas a enfermos a los hospitales. Cabe recordar que antaño, cuando no había limitaciones, una habitación en la que había dos personas convalecientes podía llenarse de “invitados” que visitaban a alguno de los enfermos, sin considerar que al otro paciente podía molestarle que interrumpiesen su silencio. También podía formarse un buen jaleo en los pasillos, que interfería también en el descanso de los inquilinos de las habitaciones colindantes. 
Habrá gente que, cuando no se encuentra bien, necesite el apoyo de otros, pero también la hay que solo desea estar con una persona o dos queridas o, incluso, que quiere vivir sus dolores en soledad. En cualquier caso, no es perjudicial que se limite el número de visitantes en las habitaciones, sino todo lo contrario.
Otra novedad sobre la que he reflexionado en este sentido es la prioridad de horario para la gente mayor de una determinada edad, en los centros comerciales. Me parece que, por consideración a ellos, esta norma también podría permanecer, pues de sobra sabemos que ese grupo constituye, en líneas generales, la población más débil y puede resultarles especialmente incómodo, por ejemplo, estar esperando en filas largas.
También por esa misma consideración tanto a este colectivo, como a la gente que lleva muletas, sillas de ruedas o carritos de bebés, sería muy aconsejable que siguiesen establecidas direcciones únicas de entrada y salida en los locales comerciales. Impiden choques o que alguien que vaya muy rápido nos avasalle y se provoquen caídas innecesarias.
Y, nunca viene demás, seguir acentuando la limpieza en las casas, locales de ocio, negocios, centros sanitarios…
En resumen, tenemos que sacar la conclusión de que es posible que antes descuidásemos determinados comportamientos que, al estar obligados a llevar a cabo ahora, comprobamos que pueden ser más acertados.