EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


El virus que enferma el alma

29/09/2020

La pandemia del Covid-19 está siendo un desastre mundial, particularmente para España, y sus efectos tienen además el agravante de no ser aún valorables en su totalidad porque a estas alturas no sabemos el rumbo que el maldito virus va a tomar en el futuro. Habíamos pensado que con el calor del verano se iría a tomar vacaciones, pero no ha sido así. En junio veíamos cercana una recuperación con la reactivación del turismo y la hostelería, pero el temor que las redes difunden instantáneamente del mal español ha desviado al viajero europeo a otros lugares de mayor seguridad que el nuestro, o a ninguno de ellos.
El mal tiene dos aspectos que son el sanitario y el económico, cuya acción es recíproca. Nuestros recursos financieros y humanos tienen un límite y nos cubrimos con una manta escasa que si tapa los hombros nos deja los pies al aire. Pero hay otros males en que no reparamos tanto porque son menos inmediatos pero igualmente lesivos, que son el político y el psicológico.
En la política ha llegado a nivel de récord la imprevisión y la actuación errática del Gobierno, pero este desastre ha sido utilizado para el combate político entre partidos en lugar de centrarse a la vital estrategia conjunta de lucha contra la enfermedad.
La psicológica es la resultante menos advertida. Me decía el alcalde de un pueblo alcarreño que los habitantes del lugar estaban angustiados y nerviosos. En Madrid hay una tensión entre los barrios del sur y los del norte, que aprovechan los oportunistas políticos para enfrentarlos socialmente.
Ya estudiaron los psicólogos el comportamiento de los ciudadanos durante la cuarentena, que generaba un estrés post-traumático propio de los que han sufrido una grave situación, que marca su vida. Una de las sensaciones imborrables es haber  perdido a un ser querido sin haberle podido dar un último abrazo. Esto acarrea variaciones de carácter, descontrol, alternancias de insensibilidad o angustia, recelo, tendencias agresivas y una impronta trágica que va a sufrir toda una generación. Aunque las resultantes individuales son diversas según sus disposiciones anímicas, pues a otros les ha resultado beneficioso el confinamiento hasta el punto de añorarlo como tiempo de reencuentro consigo mismo.
Pero ahora, en plena calle hay que tener aguante para andar embozado, asfixiado e irreconocible, pues los inventos más destructivos son la obligada distancia física, que impide el contacto y el abrazo, y el uso de la mascarilla, que nos confina aún más en nuestra soledad. Esa temible soledad en multitud, tan paradójica como la cárcel sin barrotes de los grandes espacios.
A mi edad estoy cursando esta epidemia con serenidad pues ya vendí casi todo el pescado y la muerte «francamente querida, me importa un bledo», pero veo con angustia a los niños que sufrieron un largo encierro y ahora vuelven enmascarados a un peligroso mundo que se nos abre con una grave incertidumbre. Porque es terrible preguntarse: ¿Tendremos Navidades?