Desde mi ventana

Antonia Cortes


La paz del campo

15/10/2020

Llegó el otoño, pero lo hizo sin lluvia en esta tierra que tanto lo necesita. Los campos lucen aún los colores claros de las hierbas secas y los verdes oscuros que delatan que tienen sed. El pronóstico del tiempo habla de bajada de temperaturas y esas deseadas precipitaciones que entran por otras provincias y que, de avanzar hasta la nuestra, lo hará en forma de chubascos, aunque no en los próximos días. También se esperan tormentas, pero en el norte, aunque estas parezcan que llegaron hace meses para establecerse en todo el país y que ahí siguen, tomando fuerzas, en unos y otros lugares, sin que se divise un horizonte que muestre el cese y, por tanto, la calma. Esa serenidad perdida por quienes deben trasmitirla y tan ansiada por tantos.
Escucha el pronóstico del tiempo mientras circula por esas carreteras antiguas sobradas de curvas cerradas, sin visibilidad ni tráfico,  y escasas de un buen asfalto, que todavía las hay.  Por esos caminos ya olvidados al encontrar alternativas que hablan de más kilómetros pero menos tiempo.  Pero en esa soleada mañana otoñal el tiempo no impide disfrutar de esta tierra rodeada de olivos y vides recién vendimiadas donde aún es posible cruzarse con un tractor y su remolque mientras  se decide que la mejor opción es parar a un lado y dejar que pase y siga su rumbo.  Decisiones a tiempo para no crear el caos, y piensa en la otra realidad que ha dejado atrás,  en ese escenario ya de por sí caótico, lleno de indecisiones y contradicciones.
Cuando era niña, le contaron que el agua que caía del cielo eran lágrimas por las cosas malas que hacíamos en la tierra. Y se lo creía y no dejaba de buscar cuáles eran esas maldades. Curioso, la lista que escribiría  ahora sería tan larga que hasta entiende que no llueva. No quedan lágrimas. Pocos años más tarde, un anciano, contador de leyendas, le relató cómo la lluvia había llegado a los hombres para que pudieran sembrar sus campos gracias a la rana y después de que lo intentaran otros animales que no alcanzaron su propósito, como la tortuga o el ciervo. Esta versión le gustó más. 
Una u otra ahí quedan, a la espera de esa lluvia que llenará los pantanos, que hará correr los ríos y que pintará de otros colores este paisaje pajizo deseoso de ser bañado, abrazado por el agua celestial. Observa mientras conduce sin prisa, consciente del privilegio que le concede esa mañana otoñal sin tiempo, sin noticias, crispaciones, enfrentamientos, mentiras y muertes. Una mañana solitaria para contemplar desde su coche lo mismo que los versos de Corredor-Matheos desde el tren: la paz con que los campos/se me entregan,/la montaña que crece/si la miro,/ el árbol solitario/que camina/en busca de raíces,/alguna casa aislada/que recuerda/que el hombre aún existe.