Buenos Días

Antonio García-Cervigon


Anecdotario del libretista Federico Romero

15/09/2020

Se cumplían ayer seis meses de la fecha 14 de marzo pasado, cuando un grupo de solaneros de la ACAZ, junto con el alcalde Luis Díaz-Cacho y otras autoridades de las distintas administraciones, tenían previsto celebrar con alborozo el 90 aniversario del estreno de la zarzuela La rosa del azafrán en el teatro Calderón de Madrid. Para ello, los organizadores habían preparado un programa de actos en el que iban a participar, además de doctos y eruditos personajes de nuestro Género Lírico, cantantes de primera fila.
Lo que tuvimos en vez de una fiesta conmemorativa fue un confinamiento de la población en toda regla, como no se había conocido hasta la fecha en nuestra historia, cuando el Gobierno declaró el estado de alarma. De lo que iba a ser una fiesta de exaltación manchega, por todo lo alto, se pasó a una crisis sanitaria sembradora de muerte por todo el territorio nacional. En el pasado 14 de marzo se silenciaron las palabras que iban presidir el acto académico, aportando vivencias y rasgos del libretista Federico Romero que estudió el bachillerato en el Real Colegio de Alfonso XII de El Escorial, con Matrículas de Honor todas las asignaturas. 
A los catorce años escribió su primera obra con otro compañero que fue representada en el citado centro. Luego se puso a escribir juguetes cómicos a escondidas de su padre. Pero un día éste le ‘pescó’ y le condujo a la Biblioteca Nacional y de manera amigable le señaló las obras de Lope, Calderón, Tirso de Molina y le dijo: «Cuando hayas leído esto intenta luego ser un autor con nombre». Es algo que F.R. le agradeció toda su vida. No hace el servicio militar por salir excedente de cupo, - sorteó en Manzanares como mozo de La Solana-, sin embargo, el 9 de marzo de 1918 salió retratado vestido de quinto en la revista Nuevo Mundo con motivo de la celebración de un banquete en honor del maestro Serrano en el hotel Palace, para celebrar el clamoroso triunfo de su obra La canción del olvido. 
Otro episodio que retrata los primeros comienzos de su carrera literaria y las penurias vividas es el siguiente: Cuando estaba preparando las oposiciones a Telégrafos, a los 19 años estrenó en San Sebastián su primera zarzuela: El árbol de Guernica. Al conocer la noticia sus compañeros de la Escuela de Telégrafos, éstos sugirieron que eso merecía una invitación, para la que se gastó cinco o seis duros de la época. Cuando acudió a la Sociedad de Autores para cobrar sus derechos, estos ascendían a tres pesetas con sesenta céntimos. La obra se había representado en una sociedad recreativa en jornada única. Su hija Maruja trazó la descripción física de su padre que nació en Oviedo, pero era de ascendencia manchego y se sentía solanero.