Desde mi ventana

Antonia Cortes


Gritos

09/09/2020

Es media mañana. Lleva trabajando desde primera hora. Está concentrada en unos informes urgentes. El silencio habita en un espacio, en una casa, en donde no hay nadie más. Es un silencio tranquilo como el que se siente al caminar por las calles desiertas  de un pequeño pueblo que duerme. Las ventanas están cerradas;  las persianas alzadas para que entre la luz, para no dejar de ver ese cielo azul lleno de nubes blancas como las que dibujaba en un cuaderno de cuadritos cuando era niña.
En el lugar donde trabaja no hay ruidos externos porque es una habitación interior que da a un patio que nadie usa. No escucha el circular de los  coches, ni el bullicio de las tiendas o las terrazas de los bares. Y desde hace muchos meses,  tampoco siente las voces de los escolares de un colegio próximo. Esa calma se agradece cuando la concentración es clave para sacar adelante ideas y proyectos.
Algunos datos no cuadran. Los números bailan igual que los últimos de la fiesta: con cierto descontrol.  Huele a café, un café frío, como el aire que ahora sí entra por esa ventana que acaba de abrir.  Piensa que quizá sea el momento de hacer una pausa y poner de nuevo la cafetera antes de intentar localizar el fallo en ese archivo que le está provocando cierto quebradero de cabeza. Sabe que los números nunca fueron su fuerte, pero también que, antes o después, encontrará el resultado. 
Camina hacia la cocina. Minutos después el olor a café es más intenso. Coge con las dos manos esa taza que conserva desde que era universitaria. Agarra el calor que le recuerda  aquellos días fríos de invierno y de estudio en la soledad de la noche aunque a veces estuviera acompañada.
Regresa a su lugar de trabajo. El escenario ha cambiado y su cara muestra la extrañeza de la sorpresa. Ese espacio silencioso hasta hace unos minutos se inunda de gritos infantiles. Gritos inocentes y alegres que se cuelan por esa ventana abierta a la que se asoma intrigada. El patio del colegio ha pasado de ser un secarral a un campo de amapolas, piensa. Los niños corren como locos de un lado a otro, se agarran, se pillan, se retan… Y gritan, gritos de felicidad, como se quisieran soltar de golpe todo lo acumulado en estos meses de encierro sin amigos. Gritan y juegan y ninguno se quita la mascarilla. Y ella quiere interpretar ese griterío como un paso a la esperanza.
Un pitido largo y profundo anuncia el fin del recreo. Los críos no hacen caso, pero una voz masculina da indicaciones. El silencio va volviendo. Ya no los ve, pero los imagina en fila regresando a sus aulas, al gel, a sus pupitres separados, a la realidad que vivimos… Ella también regresa a su asiento. Está contrariada, nunca pensó que unos gritos infantiles pudieran provocar emoción.