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Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


La España americana

13/10/2021

Para sentirse plenamente español hay que viajar por América. Esta idea se le atribuye a Federico García Lorca y Jorge Luis Borges proclamaba: «estás España en nosotros, silenciosa, más allá de los símbolos, más allá de la pompa de los aniversarios…». Sin más, las huellas de España por el mundo han tenido siempre una buena aura poética. Léase también a Rubén Darío.  En mi época de instituto, en ese año 1992 del quinto centenario,  recuerdo que un profesor de Historia, amante de su trabajo, siempre deseoso de buscarnos las vueltas, nos organizó un debate sobre la conquista de América. Nos pidió que dividiéramos la clase en dos grupos y nos dio un tiempo, de varias semanas, para buscar argumentos en favor y en contra de aquel acontecimiento. Quería que sacáramos nuestras propias conclusiones escuchándonos, o que variáramos algunas.
Yo no lo dudé demasiado. Me puse en el bando de los 'a favor'. Reconozco que la idea de la Hispanidad, como concepto amplio, me parece algo positivo y no he conseguido nunca sentirme muy culpable de los excesos que pudieran cometer alguno de nuestros antecesores hace más de quinientos años. Sería algo así como si un romano de hoy se sintiera apenado por las barbaridades que hicieron las legiones del César en tierras de Hispania. Tampoco me planteo si simpatizo más con  los romanos o con Viriato. La historia es, somos fruto de ella, en todos sus sedimentos. Igualmente creo que la mayoría de los iberoamericanos  se enorgullecen del rastro de civilización que los españoles dejaron por esas tierras que siempre fueron consideradas no como unas colonias sino como una parte integral de España, de Las Españas, constitucionalmente eran las provincias de ultramar. Ahora, en este tiempo, sería más correcto hablar de la  España americana que de la América española, porque, como bien apreció Lorca, a veces resulta casi más sencillo encontrarnos en casa allí que entre nosotros mismos.
No consigo sentirme culpable, por más que se empeñen, y lo que siento, al contrario, es un enorme lazo de conexión ancestral que me une con las personas colombianas, dominicanas, argentinas o mexicanas, por poner algunos ejemplos, que viven y se afanan entre nosotros, especialmente desde los últimos veinte años en que España se ha convertido en tierra de destino para muchos de ellos. Me alegra ver que les va bien, que prosperan, que consiguen sus sueños. Me entristece y me indigna que se les trate mal, o se les explote, o se descargue sobre ellos vaya usted a saber qué frustraciones. Me gusta sentirme hispano junto a la persona que cruza el charco en busca de un horizonte en un país que le resulta familiar y del que espera que le trate como a un compatriota.
Porque en aquella historia enorme hubo de todo, también abusos y sombras alimentadas por mediocres o codiciosos sin escrúpulos, pero hubo personas de una talla excepcional, gigantes capaces de adentrarse en un mundo misterioso y extraño. Hubo leyes humanistas que se adelantaron varios siglos a su tiempo. La figura de Hernán Cortés, por ejemplo, sería una de las grandes referencias nacionales en cualquier país que no estuvieran continuamente sumido en la necesidad imperiosa de darse golpes de pecho, como ocurre en España.
A nivel político, durante los años de la democracia, hemos asistido a un incremento significativo de la presencia real de España en los países hermanos. Las cumbres iberoamericanas deberían relanzarse como merecen, como el gran foro de encuentro que cristalice finalmente en una comunidad de intereses compartidos y objetivos comunes.
Me gusta la idea del mestizaje como gran aportación española a la historia universal, y sobre todo tengo la sensación de que en el futuro la baza de España en la enorme complejidad globalizada será el papel de ser voz destacada de todo lo hispano en el ámbito europeo y también en cualquier otro lugar del mundo, porque la potencia de lo hispano no es algo residual ni marginal sino una realidad en crecimiento que pide paso con insistencia. Somos seiscientos millones de personas. Esa proyección de futuro, y el profundo sentimiento de hermandad con los hispanos que viven aquí, es para mí la realidad más contundente de la Hispanidad, la Hispanidad en carne viva y en tiempo presente. Y me gustaría que no me distrajeran demasiado con los perdones y los análisis, siempre complejos. Sería bueno disfrutar de lo nuestro a pulmón lleno.