Con Permiso

José Luis Loarce


Septiembre

14/09/2020

Los días ya no son incandescentes y las noches van dejando atrás el vapor seco de lo interminable. Aunque se resiste todavía, el cenagoso verano va cayendo derrotado y septiembre deja ya notar una suerte de tibia caricia tibia. Abandonados en la inmensa oquedad blanca del verano, en su vastedad indolente y plana que solo nos regala fuego (o la pedrada traicionera del 11 de agosto que baleó automóviles y tejados con un granizo inédito y furioso), que septiembre nos rescate ahora es, a pesar de tantos pesares, algo parecido a una bendición.
Se anuncia siempre con una luz distinta, tranquila e inclinada. El sol ha perdido su soberbia vertical y se cuela bajo la cornisa de la terraza para adentrarse en casa como sin molestar. Así las mañanas ofrecen un cromatismo más limpio y desapasionado que invita a volar fuera… Siempre he esperado este tiempo que se desliza como una intersección en las estaciones del año; porque ya no exigía los deseos incumplidos del verano ni su exterioridad forzada; porque las noches se acercaban y empezaba a reclamarnos su interioridad; porque aún no había acudido rotundo el otoño y agosto se resistía  —lento y perezoso en su soberbia— a morir del todo. Y porque aún estábamos de vacaciones pero todavía quedaba una especie de prórroga y nos preguntábamos cómo sería el reencuentro con el nuevo curso. 
Abstraídos de los ruidos exteriores, hoy permítanme este elogio a unos días,  —pocos, cada vez menos— que parecen deslizarse como una balada de Leonard Cohen, mecidos por la voz susurrante y raspada del canadiense enamoradizo. Días sosegados, entregados, que al cabo se rinden a perder horas de luz para homenajearse en su repliegue, que aplacan el furor de este secarral a que los dioses nos hubieran condenado alguna vez. 
Antes, cuando todavía no ardía el Polo Norte y las noches de agosto en La Mancha eran de ‘tomar el fresco’ en la puerta de la calle, cuando el canon climatológico no había sido arrumbado definitivamente y podíamos vivir sin aire acondicionado, había en nuestra geografía hasta cuatro estaciones. Pero ahora solo nos quedan dos. Un panorama bicolor y binario, maniqueo, sin matices. Calor o frío. Con breves e inesperadas incursiones o cambios malvados y a deshora, como esa realidad ficticia que nos rebasa, impotentes, la mirada.