Desde mi ventana

Antonia Cortes


La felicidad

07/01/2021

Demasiado pequeño para distinguir el martes del jueves o si es día dos o siete, aunque en el poco tiempo que lleva en el colegio ya le han enseñado los meses del año. Con su media lengua de trapo los recita como si de un poema se tratara, doce versos que, a veces, cambian el orden o se pierden entre la niebla manchega. Tampoco sabe distinguir las estaciones del año, aunque sabe que hace frío y que quizá nieve, y que por eso se tiene que abrigar. También, que igual, con suerte, cuando haga calor, le llevarán a la playa. Pero para eso falta.
Sus papás le han contado que estos días tiene vacaciones porque es Navidad y que se celebra el nacimiento del niño Jesús y que los Reyes Magos le llevaron regalos al portal. El pequeño señala las figuritas del Belén y pregunta quién es quién mientras le cuentan que también a él le traerán bonitas sorpresas por haber sido bueno. El 6 de enero. Y él lo repite como esos números que también ha aprendido de memoria en clase, hasta el 10, aunque no sepa escribirlos.
Demasiado pequeño para distinguir fechas. Quizá por eso hace unos días se despertó temprano y fue corriendo al comedor pensando que los Reyes Magos habían venido. Pero no. Abrió la puerta y encontró un salón silencioso y vacío. Corrió hasta la cama de sus papás, mientras intentaba explicar que no había sido malo. La mamá lo acurrucó en sus brazos y le susurró con dulzura que claro que era bueno y que aún no era el día. El miércoles mi amor, le dijo.  No sabía cuándo era el miércoles, pero sí sintió el calor de esas palabras.
Y llegó la noche. Los nervios le hicieron ir muy tarde a la cama. ¿Cómo dormir? Ahora sí le habían explicado que al despertar tendría los regalos de los Reyes Magos. Como una lagartijilla, se coló en la cama que no debía. Y entre la creencia de escuchar ruidos, de ver una estrella por la ventana y de que los camellos se beberían la leche, consiguió dormir. Tarde, era muy tarde.
La mamá, entonces, se levantó y llenó el suelo del comedor de corazones, globos de colores y piruletas. Terminó de envolver los últimos regalos y se sentó en el suelo. Miró a su alrededor y sin darse cuenta se trasladó a aquel ayer, a aquella niñez suya… Hasta que el reloj le recordó que eran las cuatro de la madrugada.
Llegó la mañana pero el sueño tampoco sabe de fechas y el pequeño duerme, mientras su padre duda si despertarle o no. Un poquito más… Ya.
Abrió la puerta. No sabía qué se escondía en esos paquetes envueltos en papel de colores. Daba igual. En la cara de ese niño, en sus ojos brillantes y expresivos, en su espontaneidad, estaba el verdadero regalo de los Magos de Oriente: la felicidad.