EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


La vacuna

11/02/2021

La vacuna es esencial. Personalmente he puesto todas mis esperanzas en la vacuna. Si conseguimos vacunar al setenta por ciento de la población, consiguiendo la inmunidad de rebaño, estaremos salvados y nuestras vidas volverán a la normalidad.
Obviamente me refiero a una vacuna contra el sectarismo que sea eficaz para que un número suficiente de individuos estén protegidos frente a esta lacra y sirva de cortafuegos efectivo impidiendo que sigan los contagios generalizados. Una vacuna de rebaño, nunca mejor dicho, precisamente para abandonar la identidad ovina de la población, para salir del letargo del sueño de Morfeo de la hipnosis continua, propiciada por los medios de comunicación afectos al régimen, que son todos. En las elecciones del próximo domingo en Cataluña, sin ir más lejos, volverá a ganar el rebaño de los que se consideran diferentes porque alguien lleva décadas machacándoles el cerebro convenciéndolos de que son diferentes.
Las políticas de identidad y el supuesto derecho de autodeterminación implican necesariamente que unos ciudadanos puedan decidir convertir a otros en extranjeros porque no participan de su identidad. La repetición machacona y obsesiva de una serie de ideas dentro de una sociedad suele acabar en la aceptación de determinados mitos históricos, raciales y culturales. De este modo, con fundamento en la diferencia identitaria, pretenden levantar una frontera, en este caso una valla hecha de viejos somieres, palos y malla de gallinero, en el aprisco de la xenofobia, donde unos se esfuerzan en excluir a otros de su condición de ciudadanos. Es lo más parecido a la Alemania del III Reich; «sólo puede ser ciudadano del Estado el verdadero alemán», rezaba una de las propuestas legislativas del programa electoral nacionalsocialista.
El caso es que, como siempre, la superioridad moral de los sectarios es incapaz de entender que la tolerancia y el pluralismo son valores intrínsecos e insoslayables en una democracia, dando por hecho que los que son contrarios a sus ideas carecen de buenas razones y motivaciones para defenderlas. Por ese motivo, en la aplicación de la vacuna contra el sectarismo debemos medir bien su efectividad y eficacia mediante ensayos controlados y aleatorizados, así como con estudios de observación, vigilando también las posibles mutaciones del virus, que pueden presentarse como simple buenismo, ocultando los síntomas del proselitismo, el partidismo a ultranza, el infantilismo, la mentira, la estupidez, la adicción, la violencia social, la corrupción, o simplemente el postureo.
En algunos casos sería conveniente aplicar la triple vírica. Que la vacuna contra el sectarismo se compaginara con la vacuna contra la soberbia y con la vacuna contra la arrogancia. Habrían sido muy efectivas, por ejemplo, para evitar la cagada de Josep Borrell, que ha dejado a Europa y a España en ridículo, y dando pie a que Pablo Iglesias compare la democracia rusa con la española. A favor de la rusa, por supuesto.