Eudaimonía

Fernando García Cano


Chantre de Diamante

18/12/2020

Cuando se acerca el final de este annus horribilis que ha sido el 2020, debido a la pandemia del coronavirus al que todos llamamos Covid-19, no quiero dejar pasar la oportunidad de comentar que ha sido también un año cargado de efemérides para tantas personas que han continuado viviendo y conmemorando -como les ha sido posible- diversos aniversarios, bodas de plata, oro e incluso de diamante. Ese ha sido el caso del Chantre de la Catedral, Antonio Lizcano Ajenjo, que cumplió 60 años de sacerdote el pasado 28 de agosto. Con ganas se ha quedado de celebrarlo, como estaba previsto, en la fiesta de Sto. Tomás de Villanueva (10 de octubre), concelebrando la Misa en la catedral presidida por Gerardo Melgar, el obispo de la Diócesis, dado que tampoco se había podido llevar a cabo la jornada sacerdotal del 10 de mayo en el Seminario, para la fiesta de San Juan de Ávila. 
Tengo la suerte de haber concelebrado con él en su aniversario de ordenación sacerdotal. Fue una fiesta familiar en su domicilio, donde viene celebrando misa diariamente desde que comenzó este año 2020, que ahora apunta hacia su final. La trayectoria sacerdotal de Lizcano, como le llaman sus compañeros sacerdotes, estuvo marcada por la ampliación de su formación en Roma, durante dos periodos distintos, en los que terminó su licenciatura en Teología, por la Universidad Gregoriana, y se especializó en Sagrada Liturgia, por el Ateneo San Anselmo. En ambas etapas romanas fue residente del Pontificio Colegio Español, tanto en su vieja sede del Palacio Altemps, como en la nueva de Via di Torre Rossa, junto al parque de Villa Carpegna.
 Los años de Seminario y Universidad, en Roma, fraguaron en él una personalidad con marcado carácter de apertura a la universalidad de la Iglesia.  La obediente disposición para servir a la Diócesis donde sus respectivos obispos dispusieron, la compaginó siempre con un apasionado interés por el Magisterio Pontificio de todos los Papas que conoció: desde San Juan XXIII y San Pablo VI, hasta el actual Papa Francisco, pasando por Juan Pablo I, San Juan Pablo II y Benedicto XVI. Considerado por muchos de sus coetáneos una especie de delfín durante el episcopado de D. Juan Hervás, el IX Obispo-Prior del Priorato de las Órdenes Militares, colaboró con igual intensidad en los servicios diocesanos que le pidieron D. Rafael Torija y D. Antonio Algora, primeros obispos de la Diócesis de Ciudad Real, constituida como tal por la Santa Sede en 1980.
La actividad como formador en el Seminario Diocesano, en tiempos de D. Isaac Zudaire, la simultaneó con la docencia como profesor de Liturgia. Su dedicación al servicio de la Vida Consagrada se prolongó durante 40 años al frente de esa delegación episcopal, así como la actividad pastoral en la catedral le ha mantenido en contacto cotidiano con la gente más variada, que ahora -desde que comenzó la pandemia- le echa de menos en el confesionario y los domingos en la misa de 12. El cuidado de las celebraciones pontificales en la catedral también estuvo a cargo de quien fue nombrado Chantre, por Bula papal de Pablo VI, el 5 de Septiembre de 1966.
De todos los libros que ha publicado tengo especial predilección y aprecio por su Año Litúrgico, subtitulado El misterio y el tiempo. Como tuve oportunidad de expresar durante su presentación, celebrada en el salón de Unicaja de Bernardo Mulleras en 2009, considero que es su mejor libro no sólo por el rigor de sus notas bibliográficas, originalmente maquetadas en los márgenes de cada página, sino también por el tono de su contenido, que sirve para introducir en la celebración de cada día del año, al hilo de lo que la Iglesia Católica brinda a sus fieles como cotidiano alimento en la oración litúrgica. Como fruto de un aventajado alumno de la primera promoción postconciliar del Anselmiano en Roma, el libro de Lizcano merece una denominación que vaya más allá de su apellido, para indicar que su demostrada utilidad le sitúa junto a la serie de autores a los que la historia de la liturgia designa con gentilicios que los caracterizan. Por eso, con todo afecto, a ese libro habría que llamarle el Lizcaniense.