LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Operación U.N.C.L.E

22/01/2021

La historia nos enseña que la fuerza militar es una consecuencia natural del poderío económico, algún salto tecnológico o un objetivo personal del agresor. Lo anterior no colisiona con un profundo nacionalismo que alimenta y ayuda a los soldados a asumir sacrificios que nunca habrían aceptado voluntariamente. Esa compulsión posee tanta fuerza que consigue arrancar cualquier vestigio de humanidad al enemigo y nos permite infringirle un daño desmedido.

Ahora pensamos que ese mal ha sido desterrado para siempre de Europa gracias a la Unión Europea y que nuestros ideales educativos sobre la diversidad y la tolerancia nos hacen inmunes a la guerra. Siento disentir, los eventos bélicos requieren de un contexto o como mínimo unas expectativas razonables de victoria. Durante los últimos 70 años, Estados Unidos ha sido el garante de la paz ya que sus tropas, tecnología y determinación frenaban el impulso belicista de la Unión Soviética. Este imperio moderno cayó y fue sustituido por la Rusia actual. Una gran nación con un discurso belicista pero sin los medios para iniciar una guerra a gran escala contra nadie. No significa que la élite no sea nacionalista ni que vean los éxitos militares con repulsión; más bien, que son conscientes de sus propias limitaciones. Rusia tiene capacidad para desestabilizar zonas pobres o incluso obtener algún éxito diplomático menor, pero su espacio ha sido ocupado por China y Estados Unidos, este último, algo cansado por el esfuerzo y las críticas de sus amigos.

Los expertos en geoestrategia nombrarán a la India y citarán a los gigantes regionales como Pakistán, Nigeria y Brasil como candidatos naturales para rellenar el vacío de poder creado con el final de la rivalidad ruso-americana. La lógica nos lleva a ese pensamiento, pero solemos descuidar la determinación de algunas naciones por complicarse la existencia o desear un estatus superior. En este elenco no podemos ignorar por más tiempo la deriva peligrosa de Turquía, que ha dejado de ver en Occidente su camino natural y ha preferido observar su pasado glorioso sin preguntarse a qué precio. El presidente turco está alimentando esa estrategia.

Irán es otro país que lleva unas décadas amenazando a todo el que es más poderoso que ellos, con un resultado decepcionante hasta la fecha para ellos; en algún momento desarrollarán una diplomacia sutil y les abrirá otras posibilidades. Creer que las guerras han desaparecido de nuestras vidas demuestra lo poco que conocemos nuestra condición y eso es peligroso.