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Ramón Horcajada

Edeumonía

Ramón Horcajada


Seres en la distancia

26/11/2021

A Pedro de la Manzanara, amor desmemoriado
Hay conceptos sobre los que nos hemos detenido muy poco y que creo que son importantísimos a la hora de iluminar determinadas cuestiones tanto a nivel ético como antropológico, con lo que creo que no debieran ser desconocidos por disciplinas como la Psicología o la Pedagogía. Intentar comprender dichos conceptos no deja de ser un intento por tratar de entender ese ser enigmático que es la persona, indescifrable y que a cada paso que damos no deja de sorprendernos, de admirarnos e incluso de aterrarnos. 
Uno de esos conceptos a los que me estoy refiriendo es el de la distancia, centro de las propuestas filosóficas de autores como Emmanuel Levinas o Jean-Luc Marion y que creo que deben hacernos reflexionar también en espacios tan distintos a los académicos como puede ser el de una columna de opinión en un periódico. Sé de lo arriesgado de la cuestión, pero creo que el riesgo vale la pena. 
Hablar de la distancia es hablar de la relación humana, del recorrido que hay entre el yo y el otro, es hablar de la correcta comprensión del amor interpersonal, de ahí la importancia ética y antropológica que ha adquirido a lo largo de estas últimas décadas, como decía anteriormente. 
Si analizamos nuestras relaciones en el día a día, podemos observar como cuando nos apropiamos de la distancia de manera incorrecta nos apropiamos de mala manera de aquello que nos constituye, y ahí se producen dos desviaciones: una es la de aquellos que recorren la distancia como camino hacia la posesión. No respetan dicha distancia y la puerta que abre a la comunión y al encuentro es cerrada en nombre de dicha posesión. Es la distancia que no supo recorrer Sartre, de ahí su famosa frase de que «el infierno son los otros». Para él todo tenía que acabar en posesión, de ahí al pánico a ser poseído por el otro (algo que condicionó la visión de sus relaciones a lo largo de toda su vida). Cuando la distancia acaba en posesión y no en comunión no hay más salida que el infierno y la locura; la otra desviación es la de aquellos que creen saber amar cuando lo único que hacen es vivir en la distancia sin asumir la comunión a la que la misma distancia nos da entrada, entonces se vive del juego de la mera seducción, del yo megalómano y anarcisado cuyo objetivo es sólo llamar la atención como la llama el niño que es feliz sólo por sentir todas las miradas sobre él. Es el yo que no deja de buscarse a sí mismo usando el discurso emotivo sólo como pasarela donde lucirse.
¿Qué es realmente la distancia? Nacer ya es nacer en la distancia, en ella somos entregados a nosotros mismos, ofrecidos a nosotros mismos. Y será en la aceptación profunda de la distancia donde nos juguemos el abandono o la acogida. En la captación correcta de la distancia respecto al otro, ya desde que somos acogidos en los brazos de una madre, seremos eternos desahuciados o realizados. En la distancia somos recogidos y, por tanto, investidos de identidad, en ella recibimos el nombre por parte de quien nos ama. Y es en ella donde pasamos del estar frente al otro al ser personal. Vivir en la distancia del tú, del amado o de la amada, es descubrir que es en ese espacio donde somos posibles y ese breve espacio hemos de cuidarlo, ya que es donde expresamos nuestro amor.
Sin esa distancia el amor sería imposible, en ella se fortalece el misterio de la alteridad. Y he aquí que cuanto más se respeta la distancia, más unidad logramos, más identificación con aquel a quien amamos conseguimos, porque la comunión de dos amores se convierte en el último recorrido de la distancia entre esas dos personas. El efecto de la consagración de la distancia es la unidad, porque cuando se recorre la distancia como se debe no la abolimos, al contrario, lo que provoca es indisolubilidad y respeto. Y es que la distancia cuida de la separación para que el amor reciba más íntimamente el misterio del amor y de la relación. Distancia y unidad acaban siendo lo mismo cuando hay respeto e identidad. 
El gran Unamuno lo entendió a la perfección. Por eso repetía cada noche a su esposa al acostarse: «Concha, ¿esta es tu pierna o es la mía?».

ARCHIVADO EN: Psicología, Pedagogía