NUEVO SURCO

Javier López


La extraña Navidad

23/12/2020

Ya han llegado las navidades más extrañas de nuestra historia, con un Gordo terminado en 7, el número de la suerte en un año de infortunio. Ya estamos de lleno en ellas, y si son más tristes e incomodas de lo habitual, también serán las más recordadas en la posteridad. Una suerte de Navidad en estado de guerra, con el virus pegando fuerte, reproduciéndose en nuevas mutaciones y con la vacuna a la puerta de la esquina como única e inequívoca señal de esperanza. Todo lo demás se nos aparece de momento a nuestra vista bastaste nebuloso.
Y nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que se puede hacer, es más, qué es lo que está permitido en al terruño de cada cual y no en el de al lado. En un autonomismo superlativo hay aplicaciones de móviles que ya te van indicando lo que se puede y lo que no según el terreno autonómico que pisas. Ya todo lo tenemos en el  el móvil  en este mundo de la nueva normalidad en el que el periódico de papel está recibiendo su puntilla de muerte. Difícil resulta encontrar alguno en algún sitio. No se distribuyen en los bares, en los pueblos los poco puntos de venta que había renuncian a venderlos, los kioskos están cerrando a miles durante la pandemia. Y no volverán a abrir. Cierran los kioskos al mismo tiempo que la ciudadanía se simplifica en sus grandes apreciaciones, ya sin matices y a calzón quitado en alguno de los bandos en lucha. O eso, o te conviertes en un ‘equidistante’.  EL periódico de papel ya no lo venden ni el día después de la lotería, en el que todo el mundo quería rastrear los Gordos y las Pedreas sobre el papel tintando. Ni siquiera para leer las valoraciones al discurso del Rey a toro pasado.
Pablo Iglesias, eso sí, quiere que este año lo escuchemos con atención y mentalidad republicana, y en ese tono de engolado y falso academicismo que suele usar cuando se pone solemne, afirma en un video grabado para la ocasión que sospecha que los españoles nos preguntaremos durante la cena más importante del año si somos monárquicos o republicanos, como si no hubiera nada más en que pensar con la que está cayendo y se avecina. Iglesias siempre arrimando el ascua a su sardina, pero hay muchas cosas en las que pensar que tienen que ver con nuestra salud y con nuestra economía, aunque al vicepresidente todos esos asuntos le importen menos y prefiere que entre plato y plato, y con mascarilla puesta, hablemos sobre la forma de Estado.  Aprovecha, eso sí, la gran expectación causada por lo que diga Felipe VI en un año muy distinto para él con todo lo del Emérito pisándole los talones. Aunque antes que plantearnos si somos monárquicos o republicanos, los expertos recomiendan que abramos las ventanas al menos seis veces entre el mensaje del monarca, que es cuando suele comenzar la familia a juntarse, y el último brindis. En torno a tres horas de reunión  y del máximo peligro para la propagación del virus.
Y así, en un intervalo entre el miedo y las ganas, irán pasando unas navidades que en nuestro país serán diecisiete dependiendo del color autonómico con que se miren, aunque más allá de la división autonómica lo cierto es que hay casi veinte provincias en riesgo extremo de volver a sobrepasar los límites admisibles y nadie quiere ni pensar lo que puede ser una tercera ola del virus con todas sus nuevas mutaciones una vez pasado el paréntesis navideño. Lo cierto es que ha quedado demostrado que la Covid hace de las suyas a poco que nos soltamos y aflojamos las cadenas de la autorepresión y todos a estas alturas lo tenemos más que asumido aunque a veces pretendamos hacernos los remolones.
De manera que no nos queda otra que privarnos de casi todo lo que es la salsa y la pimienta de unas fiestas navideñas en España. No ha habido cenas de empresa como tampoco habrá migas en Toledo en el día de Nochebuena. Escenarios memorables que queremos recuperar a la mayor brevedad posible, aunque queda la duda razonable de pensar si cuando pase esta guerra podrá haber unas navidades iguales a las que añoramos. Lo veremos el año que viene, en el deseo de que todos estemos ya vacunados y el Covid19, por fin, sea algo que ya comience a ser un muy  mal recuerdo. Mientras tanto, no queda otra que esperar, recogidos y casi confinados, en la única trinchera posible para combatir a este poderoso enemigo del que hace solamente un año hablamos con bastante lejanía como algo que era cosa de los chinos. Hasta que se metió en nuestra casa y no nos quedó otra que cerrar casi todas las puertas y ventanas, también en Navidad.