EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


El retratista ambulante

06/04/2021

Con este título se estrena el día 6 en la sala del teatro Buero Vallejo Guadalajara, patrocinada por la Concejalía Municipal de Cultura, una exposición de fotografías de mis viajes de hace medio siglo a través de la España rural oculta y humilde, la que aún se mantenía cercana a los usos de la Edad Media. Aquellas gentes conservaban virtudes capitales que eran la austeridad, el idioma preciso, el trabajo afanoso y la honradez de los tratos cerrados a mano. La vida y la cultura rural siempre me han fascinado al punto de convertirme en un alcarreño por elección, pues siendo profesor de Biología en Madrid abandoné la corte y vine a vivir en un viejo molino del río Ungría. Aquel mundo ya es pura reliquia porque no pudo competir con un estado moderno de bienestar material, derroche, anonimato y uniformidad.
Hice mis viajes a pie para conocer lugares de otro modo inaccesibles, durmiendo en pajares, chamizos, casas con gentes de buena voluntad, o bien al raso en pleno monte. En unas aldeas me recibieron con recelo y en otras me acogieron con una curiosidad bondadosa.
La España más pobre era la enriscada en parajes de pizarra, carentes de tierra fértil para el cultivo y por eso visité las tres más llamativas que eran Las Hurdes de Cáceres, La Cabrera de León y la Sierra del Ocejón en Guadalajara.
Para inspirar confianza era necesario justificar mi viaje ante los lugareños haciéndome pasar por naturalista, pero generalmente ellos me ahorraban el trabajo dando por hecho que yo era un vendedor portugués de paños, o un requeté nostálgico de los campos de batalla, o uno que escribe en los papeles o un peregrino bajo promesa, al que daban de comer de lo suyo y del que nunca aceptaron una peseta de propina. La antigua frase que me dirigían de ¡pase usted… «buen hombre»! fue el tratamiento que más he apreciado y que yo quisiera hacer verdad.
Esta exposición es una parte reducida de mi obra y en ella no hay paisajes sino retratos. Llevo con orgullo este título de retratista ambulante, ejercido siempre con amor y hasta emoción cuando en una aldea una madre vistió apresuradamente a su hija de primera comunión  para que le hiciera una foto «porque la pobre nunca la tuvo».
Puede que algunas de mis fotos sean bonitas, graciosas o emocionantes pero no pretenden ser obras de arte sino dotadas de un valor documental. Fueron tomadas con una cámara que era un artefacto que formaba parte de los 20 kilos que llevaba a cuestas. Los negativos eran grandes, de 6x6, pero el problema era que los carretes tenían solamente 12 fotos y salía caro practicar el consejo de Bernard Shaw de que el fotógrafo -como el bacalao- ha de poner millones de huevos de los que luego sobreviven unos pocos.
‘Los instantes de la eternidad’ hubiera sido un posible título de esta exposición, pero me pareció que este pensamiento de Jacques Prévert era demasiado solemne y menos atrayente que el que finalmente lleva.  Sea como memoria de la vida o registro de su destrucción, la fotografía es antes que nada una manera de mirar el mundo.