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Juan Villegas

Edeumonía

Juan Villegas


¿Occidente o la barbarie?

17/09/2021

Se han cumplido veinte años desde el fatídico 11 de septiembre de 2001, del que, casi seguro, todos aquellos que lo vivimos recordamos minuto a minuto todo lo que ocurrió. El mundo entero pudo asistir prácticamente en directo a cómo dos aviones Boeing 767 pilotados por terroristas de al Qaeda se estrellaban contra las Torres Gemelas de Nueva York, las mal altas de la ciudad y unas de las más altas del mundo, símbolo no solo de la Gran Manzana sino también de toda una cultura, de una civilización, que tras el colapso después de arder durante poco más de una hora se venían abajo como si se hubiesen tratado de unas simples torres construidas con arena de la playa, sepultando bajo sus escombros a casi tres mil personas que habían acudido aquella mañana a su lugar de trabajo. Este espantoso ataque terrorista, orquestado por Osama bin Laden, el líder del grupo terrorista al Qaeda, que planificó desde las cuevas y montañas de Afganistán, a diez mil kilómetros de distancia de Manhattan, desencadenó la guerra en aquellas tierras agrestes, cobijo de terroristas al amparo de un Estado sometido al régimen teocrático y fundamentalista de los talibanes. Hasta allí llegaron las tropas de la OTAN lideradas por Estados Unidos para acabar con la amenaza del terrorismo islámico y con el régimen que lo protegía. 
Todo esto lo recordamos ahora, veinte años después, al mismo tiempo que asistimos, paradójicamente, al repliegue y abandono de Afganistán por parte de Estados Unidos y sus aliados y al éxodo de miles de afganos que durante el último mes han esperado con angustia y desesperación a las afueras del aeropuerto de Kabul y en las fronteras con Pakistán a que llegase su momento y oportunidad de subirse en un avión o poder cruzar la líneas fronterizas para escapar de un agazapado régimen amenazante y totalitario que vuelve veinte años después con el beneplácito de las grandes potencias y la falta de resistencia de un pueblo que pareciera no haber llegado a sentir aprecio por la libertad y por la dignidad de las personas. 
Tras la caída del Muro de Berlín Francis Fukuyama publicó un libro, hoy ya famoso, que tituló El fin de la historia y el último hombre en el que desarrolla la polémica tesis, no exenta de altas dosis de hegelianismo, de que la democracia liberal representa el final del proceso de la lucha de las ideologías y el destino último de la historia de los pueblos. A partir del derribo del Muro y del posterior desmantelamiento de la URSS hubo quienes creyeron que el deber moral de occidente consistía en llevar el fuego de la democracia liberal y del modelo de libre mercado hasta aquellos rincones del mundo ajenos a la modernidad y el progreso. Durante años se han venido defendiendo estas tesis aunque me parece que quienes las han defendido con firmeza y convicción han olvidado en muchos casos que las democracias liberales occidentales han crecido en un suelo cultural nutrido de un sistema bien definido de valores morales sustentado sobre una tradición que bien se podría sintetizar con la metafórica tríada Atenas-Jerusalén-Roma. La pretensión de universalizar la democracia liberal olvidándose de las referencias morales con las que ha estado vinculada conlleva cierta ceguera que en gran medida nace de la asumida renuncia postmoderna a la identificación con unos valores morales sólidos. Concebir la democracia y el modelo económico de libre mercado como logros culturales puramente formales desvinculándolos de determinadas tradiciones y querer que arraiguen en contextos ajenos totalmente a estas tradiciones ha estado equivocado. La prueba de este error es Afganistán y su democracia impostada, un trampantojo, una ilusión que se ha desvanecido con solo el anuncio de la retirada de las tropas occidentales. No se trata de perseguir una homogeneización o extensión global de una cultura determinada y mucho menos de una colonización cultural. Pero Occidente, a pesar de sus muchas sombras, ha sabido también construir grandes contextos universalizables de valor y de sentido y una prueba clara de ello es la Declaración Universal de los Derechos Humanos y no podemos avergonzarnos por esto.
 Occidente ha renunciado a su esencia y ahora no sabe lo que es. Ese ha sido el fracaso de Afganistán y de su democracia, pero es también el fracaso de una Europa que desde hace tiempo está perdida. Posiblemente estemos asistiendo al amanecer de un mundo postoccidental, a un viaje hacia los márgenes de Occidente, hacia el más allá de sus límites, a la decadencia de una civilización ahora confundida y desnortada como ya aventurara Oswald Spengler en su obra El ocaso de Occidente. Pero la pregunta que deberíamos hacernos es ¿y qué quedará tras Occidente? No tiene por qué ser necesariamente el fanatismo y la barbarie, las posibilidades humanas para imaginar y crear nuevos mundos pueden ser inagotables, nuevos mundos, que están, no obstante, por hacer.