BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


La España deshecha

08/02/2021

Ajenos al hecho del ‘Martes Negro’ que, con sus 724 muertos, establecía el pasado día 2 un nuevo y tristísimo récord desde abril, e incluso a los alrededor de 500 fallecidos diarios que se iban produciendo desde quince días atrás, en una cuesta de enero como nunca se había vivido en España, el pasado miércoles, en otra de esas borrascosas sesiones a las que sus señorías nos tienen acostumbrados, volvían a saltar chispas entre tirios y troyanos, que una vez más actuaron como si el mundo no fuera con ellos y como si se encontraran cómodamente instalados en su propia burbuja, a muchos kilómetros de la realidad.
Esa noche, cavilando, intenté comprender el lamentable estado de cosas que se vive en nuestro país, a la vez que miles y miles de seres sufren su íntima tragedia en hospitales y ucis atestadas, con seres desesperados que tratan de sortear la muerte y familiares angustiados que cuentan las horas. En efecto. Mientras la calle –sirva el eufemismo– vive su día a día desalentada, los que deberían formar una piña para amortiguar, en lo que cabe, ese dolor, ni se dignan acercarse a ellos, como si se trataran de leprosos, y a lo sumo hablan de simples guarismos. La última frase que le oí pronunciar al respecto a Pedro Sánchez es que estábamos ante los últimos coletazos de la pandemia. Es como si, tras once meses de dolor e impotencia, con 60.000 muertos (que son más), las sensibilidades se hubieran embotado y muchos se hubieran olvidado de un azote en pleno auge, con 30.000 infestados diarios y medio millar de muertos.
Ya no son tan sólo esos miles de jóvenes, ávidos de fiestorros (ahora más que nunca), empecinados en vivir en su particular mundo de juerga y beborrio, irresponsables y desvergonzados como pocas veces se vio; ni esos ‘negacionistas’ empeñados en negar la realidad con argumentos impropios de un ser provisto de razón.  No, el espectáculo ofrecido por la inmensa mayoría de la clase política el pasado miércoles en el Congreso de los Diputados, alcanzó en determinados momentos unos niveles impropios de gobernantes. En vez de buscar el consenso a costa de la que fuera; en lugar de sentar las bases de una tregua ejemplar de la que el ciudadano se pudiera sentir orgulloso, sin cesar buscaban el cuerpo a cuerpo, la gracieta, el chiste, la chispa ingeniosa que rara vez se alcanza, en medio de una zarabanda absurda en la que nadie daba su brazo a torcer ni mostraba un mínimo de humildad.
Es como si cada cual anduviera pendiente de la consigna de turno y lo demás le importara un bledo. Y, por si faltaba algo, las elecciones catalanas que, curiosamente, se celebran el día de los Enamorados, con centenares de personas que se excusan de presidir las mesas. Es el caos. Recuerdo, como en medio de una nebulosa, un velatorio al que asistí hace años, cuando aún se celebraban en las casas. La fallecida era la madre de una compañera. Acudí con otros dos amigos, los tres con rostro compungido, pero la sorpresa no pudo ser mayor cuando, nada más entrar a la sala donde se hallaban los deudos y allegados, vimos con sorpresa que el whisky corría a raudales. Algo chirriaba allí como algo chirría en esta España en la que como, en La Peste de Albert Camus, llega un momento en que se impone aquello de «el muerto al hoyo y el vivo al bollo».
Nada extraño, pues, que, en medio de esta vorágine, salga de nuevo Bárcenas exigiendo venganza al verse traicionado por Rajoy; o que los independentistas reinicien  su opereta de amnistía y autodeterminación; o que la ministra de Igualdad, dispuesta a darnos tardes de gloria, como hiciera el Viti, intente aprovechar la coyuntura para sacar una ley de autodeterminación de sexo que amenaza con provocar otro escándalo monumental, especialmente por la forma apresurada con que pretende llevarse a cabo (ya se sabe el dicho de que las prisas sólo son buenas para los toreros malos y para los delincuentes).  Pero de esa ley ya hablaremos otro día, porque, por hoy, ya vamos bien servidos.