Edeumonía

Juan Villegas


El teatro de la ilusión totalitaria

12/03/2021

En la actividad política suele ocurrir que en la medida en que disminuye la racionalidad va aumentando el nivel de teatralización por parte de sus protagonistas. Cuantas menos razones se tienen más graves y solemnes se vuelven los discursos, más se sobrecargan las palabras de gestos y retórica vana, más se exageran las manifestaciones y mucho más, todavía, se apela a los sentimientos y a las pasiones. La vida política en nuestro país últimamente se está convirtiendo en un gran teatro y no sé hasta qué punto vamos a ser capaces los ciudadanos de soportar y digerir tan altas dosis de tragicomedia. Sin ir más lejos, un ejemplo de esto es lo ocurrido a lo largo de la semana pasada con la sobreactuación de la ministra de Igualdad, Irene Montero, quien visiblemente airada, acudía ante los medios en más de una ocasión, para manifestar y enfatizar su enfado y su desacuerdo con la decisión de la Delegación del Gobierno en la Comunidad de Madrid de prohibir la celebración de las manifestaciones programadas para el pasado día 8 de marzo. La ministra, con gesto airado y tono exasperado, vertía acusaciones a diestra y siniestra de que con esta decisión se estaba, nada más y nada menos que, criminalizando a las mujeres. Esta ministra, que durante la pandemia siempre se ha mostrado a favor de que todos tenemos el deber de poner la salud de los españoles por encima de cualquier otro bien, ahora, sin embargo, con vehemencia y exagerado enojo arremetía contra una prohíbición del Gobierno al que ella misma pertenece, prohibición que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid e incluso el propio Tribunal Constitucional han ratificado como medida conforme a derecho, con la que también han estado de acuerdo los expertos en salud pública, quienes han visto en estas medidas no otra finalidad que la de salvaguardar la salud de los madrileños. Y aunque la titular del Ministerio de Igualdad sabía perfectamente que detrás de esta prohibición no había ninguna intención de criminalizar ni al movimiento feminista ni a las mujeres y que, por supuesto, esa medida no escondía ninguna «maquinaria bien engrasada de la agenda reaccionaria», como ha llegado a decir, sin embargo, no dejó, a falta de razones, de arremeter contra todos, eso sí, con mucha gesticulación y mucho aspaviento mediático.
Está claro que toda esta puesta en escena tiene que ver, más que con la mera actitud de una «adolescente indignada» (como sugería Fernando Vallespín en su columna dominical), con una estrategia perfectamente diseñada que es repetida una y otra vez, tanto por la citada ministra como por sus camaradas y correligionarios, que consiste, siguiendo al pie de la letra las recomendaciones que hacía Lenin a sus seguidores, en: «Debemos estar preparados para emplear ardides, engaños, infracciones legales, así como para esconder y retener la verdad. Podemos y debemos escribir con un lenguaje que siembre en las masas el odio, el asco, el desprecio y sentimientos parecidos a quienes no estén de acuerdo con nosotros». De lo que se trata aquí, por tanto, es ante todo, de sembrar odio y alimentar el rencor, de aprovechar cualquier ocasión que brinde la agenda política para esparcir confusión e incertidumbre y suscitar en el foro público la ira hacia los adversarios. Para los dirigentes políticos como Irene Montero, las ideas de quienes no piensan como ellos no se discuten ni se confrontan racionalmente, sino que, primero, se desprecian y luego, si tienen la posibilidad de hacerlo, se prohiben. Por eso, no se podía dejar escapar la ocasión de instrumentalizar el 8-M y el noble sentimiento de la gran mayoría de hombres y mujeres que aspiran a la igualdad real, para, sobre la idea de que nuestras sociedades se debaten en una lucha entre dos clases, la de los hombres y las mujeres, reafirmando así la existencia de una guerra sin cuartel entre unos y otras, hacer sentir a las mujeres que la decisión de prohibir las manifestaciones había sido una batalla ganada por los hombres en esta guerra, algo que, verdaderamente, a todas luces parece algo de locos, luces que harían falta para poner fin a esta función y para hacer que se desvanezca la ilusión totalitaria.