EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


La ultraizquierda

25/02/2021

Pedro Teruel Pujante era un murciano de Puebla de Soto al que lo alistaron, como reservista ya metido en los cuarenta años, para incorporarse al frente en el bando republicano de la batalla del Ebro, donde murió por el impacto de una bala de cañón de 45 mm que, según contaron sus compañeros, impactó directamente sobre él, haciéndolo desaparecer en el instante, de manera que solo pudieron encontrar su correaje colgando de un árbol. Pedro murió por la República simplemente porque fue reclutado por el bando que dominaba la zona donde había nacido y residía. Igual que Ginés Gorguel, el personaje albaceteño de Pérez Reverte en ‘Línea de Fuego’, que luchaba en el bando nacional porque se encontraba trabajando en Sevilla el día 18 de julio de 1936.
En realidad, ambos personajes, tanto el real Pedro Teruel, como el novelado Ginés Gorguel representan a toda aquella generación de españoles que se mataron entre ellos en la confusión del maremágnum de ideologías conductoras de odio, por ignorancia o por la maldad intrínseca en los genes de algunos, enfrentándonos en la barbarie cainita ancestral de España.
Hasta que, por fin, en aquél lejano 27 de octubre de 1977, Manuel Fraga y Santiago Carrillo escenificaban mediante un gesto de amistad el inicio del camino de la reconciliación, que nos llevó a que finalmente Gabriel Cisneros, José Pedro Pérez Llorca, Miguel Herrero, Miquel Roca, Gregorio Peces-Barba, Jordi Solé Tura y el propio Manuel Fraga, los siete padres de la Constitución posaran juntos y sonrientes para presentar el nacimiento de nuestra Constitución. Después del histórico abrazo de Fraga y Carrillo en el Club Siglo XXI, símbolo de la reconciliación de las dos Españas, del espíritu optimista que significó la Transición política española y el consiguiente desarrollo económico y social que hemos experimentado, la crisis imperante de los valores conciliatorios de aquel periodo nos hace deambular de nuevo en la peligrosa línea de la ruptura, representada hoy por quienes, como fantasmas del pasado, atacan sistemáticamente las instituciones democráticas que tanto nos costó conseguir.
De hecho, España sigue siendo diferente. Probablemente sea el único país en el mundo que pueda tener un partido gobernando en el Consejo de Ministros y que, al mismo tiempo, gobierne también la calles a base de montar barricadas, quemar contenedores, romper escaparates, desvalijar comercios y tirar piedras a la policía.
El mismo odio intrínseco y la ambición de algunos, una vez más quiebra y polariza la sociedad española, empleando como telón de fondo la pandemia por coronavirus y la acechante crisis económica que viene. O, mejor, que ya ha llegado.
En este contexto es necesario hacer un esfuerzo de contención para no dejarnos llevar por la desesperación que nos produce ver en prime time el blanqueo de algunos medios a esos niñatos y no tan niñatos que destrozan el mobiliario público en las calles españolas y saquean los comercios en un acto de lucha por la libertad de expresión y contra el sistema que supuestamente la amordaza.
Decir que no están motivados por ninguna causa ideológica más allá de su descontento con la entrada en prisión de Pablo Hasél, no hace más que evidenciar que la ultraizquierda se encuentra detrás. Pues en España, hay un aspecto que los medios de comunicación promocionan y es que solo existe la ultraderecha, nunca la ultraizquierda, cuando la realidad del panorama político español es precisamente el contrario además de anómalo en comparación con países de nuestro entorno: la ultraizquierda existe y está en las calles y en el Gobierno.