Con Permiso

José Luis Loarce


Nómadas

06/04/2021

Ahora que el sol se oculta más tarde y los días se solapan desmayados. Ahora que acabo de cruzar un Guadiana que solo existe en la Enciclopedia Álvarez que estudiaba de niño. Ahora que, canta Sabina, «no hay vacunas ni letanías, ahora que está en la luna la policía…». 
Ahora que, en el cine de mi ciudad (Las Vías, cerrado desde el 22 de diciembre al 26 de marzo), veo una de esas películas que arañan el alma como el paisaje terroso que retrata, Nomadland, la favorita de los próximos Oscar. La directora chinoamericana Chloé Zhao, entre la realidad y la ficción, con la complicidad de una Frances McDormand en estado de gracia, cuenta la historia de esos excluidos del sistema que la crisis del 2008 echó a las carreteras en furgonetas y precarias autocaravanas sobreviviendo de temporeros itinerantes en actividades de lo que sea. Fern, digna superviviente, solidaria, viuda y añorante, todavía enamorada, tuvo también un buen trabajo y una casa de la empresa enfrente del desierto y de las montañas, ha tuneado su furgona, lo único que tiene, y viaja —viajamos absortos, melancólicos— por desoladas carreteras, encontrándose con personajes de verdad llenos de soledad y ganas de vivir.
A ratos documental de un lirismo descarnado, la película habla de historias trágicas que conmueven, de gente sin hogar que ruedan por los paisajes del medio Oeste, de nómadas contemporáneos tratados por la cineasta sin demagogia ni lacrimosidades, con una ternura compasiva pero solidaria. Cuando Fern rechaza sin palabras la comodidad sincera y afectiva de una familia nueva mira, al amanecer, esos espacios interiores que parecen recordar los que ella perdió, como mira luego, al final, en su pueblo Empire, la que fue su desportillada casa y los interiores cubiertos por una espesa capa de polvo que parecen las cenizas de un volcán y los recuerdos se solidificaran, pétreos, imperecederos.
Nomadismo compartido, el que es posible sentir y experimentar en otra especie de extrañamiento que se confunde con la huida. Emily Dickinson, que apenas sí salió de las cercanías de su Amherst natal y de un hogar burgués, escribió, en uno de sus 1175 poemas: «Siempre que escucho la palabra ‘fuga’ / se me acelera el pulso, / crezco en expectación, en vocación de vuelo». Y Fern, nómada imbatible en su fuga, otea un presente calcinado mientras rueda sin norte a bordo de un viejo furgón-casa.