Tiempos de swing

Sonsoles Arnao


Fascismo, populismo y nuevos pobres

11/01/2021

 

El FBI ha empapelado las marquesinas del centro de Washington con carteles de los forajidos del oeste que asaltaron el Capitolio y ofrece una recompensa de 50.000 dólares a quien procure información sobre los responsables de las bombas caseras aparecidas en la inexpugnable sede de la soberanía norteamericana. A Trump se le fue de las manos el twitter y a estos les va a salir caro la parodia de asalto de Búfalo Bill. Ahora hay que sacar del Capitolio a este ex presidente que entre bufonadas, la va liando y se resiste a aceptar la alternancia bipartidista. Es posible que el autogolpe sea una manera más eficaz de hacerlo. Pero esto no es flor de un día, ni el resultado de cuatro frikis, ni la resurrección del fascismo. La decadencia de occidente y el evanescente sueño americano conviven con amplias capas populares empobrecidas, excluidas del sistema, víctimas de las crisis de las últimas décadas y expulsadas tras la frontera de una elite que se ha repartido el poder económico representando políticamente al liberalismo o la socialdemocracia, indistintamente para muchos de ellos. Cierto es que han sido esas mismas capas populares las que han sostenido este sistema hasta que vienen mal dadas. Al último político que oí hablar de antiglobalización fue a Donald Trump. En la sede de la ONU, sentenció «el futuro les pertenece a los patriotas, no a los globalistas». Si eres una víctima de esa globalización podrías fácilmente abrazar el patriotismo.
La frustración, incertidumbre y esa sensación de despreciable outsider, es caldo de cultivo para iluminados, conspiranoicos y afines. Además, reduciendo la política al ecosistema de las redes sociales y sus consignas, poca claridad en el análisis podemos encontrar. No podemos analizar lo ocurrido en el Capitolio a base de tweets, memes, ni echando mano del catecismo doctrinario, sea cual sea su mesías, ni siquiera con la analogía de lo ocurrido en Alemania, Italia o España en los años 20 y 30, por algunas similitudes características que encontremos. Y no deberíamos hacerlo, sobre todo en la izquierda que se reclama intelectual y comprometida con el cambio social, porque flaco favor le hacemos a la lucha antifascista. Si sabemos que el nazismo llegó al poder, gracias por supuesto al poder económico y empresarial alemán que lo financió, pero con el apoyo de buena parte de su población trabajadora y despreciada por las  europeas, aprendamos y reflexionemos en nuestros análisis sobre lo que ocurre aquí y ahora.
Hay un uso espurio e interesado de conceptos, ideologías o estrategias que se sirven de las clases empobrecidas según convenga. No es fascismo, ni populismo, ni frikismo lo ocurrido en Estados Unidos, aunque haya algo de todo eso. Categorizar sin más a algunos de estos grupos organizados en USA que apoyan a Trump, como fascistas, ultraderecha o descerebrados, es participar de la dicotomía populista de ‘amigos- enemigos’. Esto da alas a quienes, también de manera interesada, abrazan las tesis de todos los extremos son iguales, populistas de izquierdas y de derechas, asimilan fascismo y populismo cuando los populistas son los otros,  o identifican como iguales los objetivos de quienes se manifestaron rodeando el Congreso y quienes asaltaron el Capitolio. Hay algo peor que decepcionar al pueblo que dices representar, y es despreciarlo y regañarlo, desde cierta superioridad institucional o moral. Mucho cuidado con esto, que llevamos tres días con todos los cargos de Podemos regañando al personal por criticar la subida de la luz, con aquello de ‘habernos votado’. Fue Carl Schmitt, jurista nazi e ideólogo de la retórica de la derecha europea quien repetía la tesis de que «un gobernante debe tener alimentado a su pueblo, no por cuestión ética sino para evitar que el pueblo se levante contra el soberano».