Elisabeth Porrero


Mírame

01/07/2020

Ya se conocía pero, especialmente, durante este confinamiento, ha quedado muy clara la utilidad de las videoconferencias. Evitan desplazamientos y viajes más largos. Permiten el trabajo desde casa. Hacen posible ver el rostro de personas cercanas y escucharlas y así, en cierto modo, hacerse una idea de si se encuentran bien o mal. Nos ahorran tiempo (si todos los participantes pueden conectarse con facilidad) y tienen probablemente muchas más ventajas que ahora no se me ocurran. No cabe ninguna duda de que nos han hecho mucho bien durante estos días de aislamiento y, tal vez, nos hayan ahorrado tratamientos psicológicos. Incluso hay gente que ha ido de cañas o de comida con su gente querida, utilizando estos medios.
Solo les veo una ‘peguilla’. Siempre que hago alguna echo de menos el contacto directo visual. Cuando hay varios participantes nunca sé si alguna persona a la que quiero mirar o de la que necesito una mirada o gesto cómplice, por alguna circunstancia en concreto, me está mirando a mí también o no.
Una mira directamente a todas las ventanitas en las que aparecen el resto de contertulios pero nunca se sabe quiénes le pueden estar correspondiendo. Y, como yo lo dudo, siempre echo de menos esa comunicación visual que tanto nos acerca a los demás. Esa manera de decirnos, sin palabras, que estamos o no de acuerdo. Esa manera de sorprendernos o aterrarnos juntos.
Es curioso lo que, por otra parte, nos cuesta a veces mirarnos o mantener unos segundos las miradas, cuando estamos frente a frente con otra persona. No todo el mundo aguanta una mirada. He leído por ahí algún estudio que relacionaba los tipos de personalidad con la facilidad o no para entablar este lenguaje de los ojos.
También depende de las situaciones. Si uno está relajado y tranquilo mira con más facilidad a la gente que le rodea que si se encuentra nervioso, tenso o preocupado. La poca tendencia para mirar también puede estar relacionada con la timidez y a determinadas personas puede darles vergüenza.
Sería bueno que, ahora, cuando nuestras bocas tampoco podrán, durante un tiempo, expresar emociones ante los demás, ejercitemos un poco más las miradas.
Una vez me dijo una amiga, en un momento complicado para ella, que me necesitaba porque le haría bien mirar mis ojos, en los que veía esa amistad. Me pareció muy significativo del cariño que nos tenemos. Y me hizo reflexionar sobre el poder de las miradas, en directo.
Hay ojos en los que se encuentran cielos en calma, mares tranquilos, océanos de confianza…
Hay otros en los que se nos ofrece la amistad, la hermandad, el cariño…
Volvamos a ellos, ahora, en esos momentos en que apaguemos las pantallas.