TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Creérselo

21/01/2021

Puede que les haya contado esta anécdota alguna vez, pero es perfecta para referirles el extraño caso de Martin Odegaard en el Real Madrid: un entrenador tenía que elegir entre dos centrales para el flanco derecho de la zaga. Tenía a uno que técnica y tácticamente era muy superior al otro. Físicamente estaban parejos. Pero ese 'otro', «se cree Dios». Suplía sus carencias con amor propio, con una autoestima a prueba de balas. «Cuando llegas a la elite, confías más en éstos que en los buenos-buenísimos sin personalidad», dijo. Y siempre, o casi siempre, jugaba 'dios'.

Para triunfar en la elite no hay que tener (sólo) unas condiciones excepcionales. Se supone que si has llegado, prácticamente todos están a la par. En una 'sprint' entre los 500 jugadores de Primera (pongamos 25 por equipo) las diferencias serían mínimas. En un concurso de arrimar la pelota a la escuadra desde el punto de penalti, sin presión ni cámaras ni puntos en juego, casi todos lo conseguirían con relativa sencillez. Las diferencias empiezan a generarse en el sentido táctico del juego y, ya en las elites de las elites (o sea, los equipos más grandes), en la personalidad de cada jugador. A lo largo de la historia reciente, por poner un ejemplo contundente, han pasado por el Real Madrid al menos una decena de defensas centrales superiores técnica y tácticamente a Sergio Ramos. Pero es él quien sigue jugándolo todo y el Madrid el que sufre si el capitán no está. ¿Por qué?

Porque a la hora de la verdad, hay camisetas que pesan toneladas. Y para llevarlas puestas y aguantarlas sin que se te doblen las piernas hace falta mucho más que una zurdita maravillosa como la de Odegaard (petición de Zidane, como Jovic, no hay que olvidarlo). Tienes que ser muy bueno, por supuesto, pero sobre todo tienes que creértelo cada día.