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José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Almas de servicio

12/07/2022

La imprudencia más avería doméstica con el aire acondicionado me destrozó, hace varios veranos ya, uno de esos libros que siempre querría tener cerca, Ingenieros del alma (Siruela, 2005). Han pasado años y resulta que la pérdida de mi ejemplar era la metáfora misma de las aberraciones hidráulicas del estalinismo sobre la geografía física y moral de la Unión Soviética, y que el periodista holandés Frank Westerman —él desempeñó corresponsalías en Moscú— tan atinada y objetivamente recogió en este ensayo/reportaje. Vuelvo a releerlo y te sientes más atrapado incluso y concernido que la primera vez, como si el transcurso de la historia reciente, tu experiencia y lecturas en el tiempo transcurrido, además de verificar la vigencia del texto, convirtieran la obra en otra distinta, más rica en matices y en percepciones no advertidas entonces.
Aunque a estas alturas se hayan caído todas las vendas de los ojos sobre la barbarie planificada y los crímenes de Lenin y Stalin desde la Revolución comunista de 1917, y certificado el fracaso de la ideología totalitaria que lo impulsó (si todavía queda alguna duda, sumérjanse en el reciente Rusia. Revolución y guerra civil, del historiador británico Antony Beevor), lo que Westerman trazaba, paralelamente, era la transformación del curso de los ríos y la modificación de las conciencias humanas. Stalin llamó a sus escritores «ingenieros del alma».
Qué poética perversión contra la libertad de creación y pensamiento. Qué peligroso y orwelliano concepto para la conformación de una nueva sociedad sin libertad. Y cómo aparece en esta obra, encarnándose en el reconocido escritor Konstantin Paustovski a partir de su libro de los años 30 sobre la bahía de Kara Bogaz (incluso borrada unos años de los mapas), junto al mar Caspio, al mismo tiempo que ofrece claves desde la pertenencia soviética de ese enclave al actual Turkmenistán islámico, en Asia central.
Escritores como Gorki, Platonov, Philniak o Pasternak, entre muchos, habían de contribuir a la «educación ideológica del pueblo en el espíritu del socialismo», insistir en el realismo socialista, vivir en una colonia de 24 casas y (con)formar, desde el prestigio de la literatura, la insensata construcción de un nuevo mapa fluvial de canales, ríos y explotaciones industriales; hasta un millón de funcionarios tuvo el Ministerio del Agua, segundo en importancia. La madeja del terror, tituló Antonio Elorza su reseña cuando la aparición del libro, que merecería una reedición ampliada a la luz, o las sombras, de la invasión rusa de Ucrania y de los papeles que están adoptando las ex repúblicas soviéticas en este nuevo teatro geopolítico. Volver hoy a aquel relato ingenieril sí puede provocar algún que otro escalofrío, aguas abajo o arriba.