Antonio García-Cervigon

Buenos Días

Antonio García-Cervigon


Valiosa anécdota del general Eisenhower

25/05/2021

La anécdota que contamos está brindada por el político y militar estadounidense, el general Eisenhower, que nos sirvió de sustento a otro caso ocurrido a dos comprovincianos que hacían el servicio militar en tierras charras, cuando el almanaque echaba por delante los años de la década de los sesenta del pasado siglo. Como ya conocen nuestros lectores, el político y militar estadounidense fue comandante en jefe de los ejércitos aliados en Europa durante la II guerra Mundial años 1944-1945.
Cuando estaba un día atravesando un campamento de instrucción de reclutas, y caminaba como Juan por su casa sin llevar hombrera ni solapa con insignia que delatara su rango. Tuvo la tentación de encender un cigarrillo y no tuvo a mano lumbre para encenderlo. Recurrió  a un recluta que pasó por su lado y el general le llamó y le dijo: «Muchacho, ¿me das fuego? El recluta le dio fuego y se alejó. Pero al instante reparó que esa cara le era conocida, y se dijo ¡si es el general? Y retrocediendo se cuadró delante de Eisenhower que le dijo: «no te preocupes muchacho, es culpa mía por no llevar el grado que tengo en el ejército», le dijo cortes y amablemente. Pero, añadió como advertencia, «ten cuidado de no cometer este mismo error con un teniente que lo pagarás caro».
La valiosa anécdota valió para lo ocurrido a dos comprovincianos de Ciudad Real que hacían la ‘mili’ en el Regimiento Ligero Acorazado de Caballería Santiago nº1 que había trasladado su cuartel de Alcalá de Henares a Salamanca, otra ciudad universitaria por excelencia y monumental: con dos catedrales, puente romano, con su Plaza Mayor, una joya, el pórtico de San Esteban, que pide las notas del Magnifica cuando se contempla. Habíamos perdido una ciudad de encanto y nos habíamos instalado en otra cuyo patrimonio artístico era mostrado al exterior en sus edificios, en conventos y plazas para recreo de los sentidos.
Por lesión de uno de los mandos, un soldado con servicio en la oficina de la Plana Mayor de mando pasa a la logística de provisiones, que cuenta para ellos con un jeep del parque de automóviles que estaba bien dotado de coches y camiones, en el que está adscrito un soldado de Solana del Pino. Tienen días señalados para realizar las compras de alimentos, sobre todo carne y pescado, y llevar diariamente la comida y cena a un destacamento de treinta y pico solados y dieciocho carros de combates a  unos ocho kilómetros de la ciudad charra.
Algunas veces, a Poyatos, que así se apellidaba el conductor, se le unía un compañero en su viaje diario al citado destacamento. Tuvieron la mala idea de pasar a tomar un café. En ese rato de asueto, por las espaldas se les acercó un teniente de paisano del cuerpo de ingenieros que pidió se cuadraran. Y solicitó de ambos los nombres y apellidos. El “puro” que nos esperaba era morrocotudo, según anunció a grito pelao delante de los clientes. Alguien recordó la anécdota de Eisenhower con el joven recluta y recurrió el mismo día al comandante Bouza, que era el mando que gustaba de probar el rancho para la tropa. Al soldado raso le dieron un permiso indefinido por los servicios prestados. La Solana y Solana del Pino unieron sus patronímicos en días de 'mili'. Y en esas estamos.