VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


El fortín del hogar

19/07/2020

El mundo después del coronavirus no será igual. Lo dicen hasta los más escépticos pensadores. A pesar de los estallidos de júbilo y libertad que se han visto tras el levantamiento del encierro forzoso, que ponen en peligro a la población y suponen una irresponsabilidad, todos somos conscientes de que esto nos ha cambiado la vida, hasta para ir a la esquina a comprar el pan. Se ha roto la idea kafkiana de que lo cotidiano en sí mismo es algo maravilloso, y nace una nueva realidad social en la que las desconfianzas sobre el que tenemos al lado superan a las certidumbres. Y en este perfil social desconfiado, el hogar familiar se revela como elemento nuclear y como parapeto de seguridad frente a los riesgos. ¡Tantos miles años han tenido que pasar para descubrir que la cueva es el lugar más seguro del mundo!.

Entre nuestras cuatro paredes, amplias o limitadas, en mejor o peor emplazamiento, más costosas o más baratas, hallamos la seguridad que en la calle se nos hurta por la presencia de una enfermedad de la que todavía sabemos muy poco, sobre la que ahora nos acaban de decir, seis meses después de su irrupción, que sí se transmite por el aire. Todo girará en torno a nuestra casa. Todo lo que se pueda hacer a distancia, se hará. Desde el fortín de la propia morada, convertido en barrera infranqueable contra las infecciones, ésta o las que puedan sobrevenir. La banda ancha será el canal por el que se mantenga el contacto con el exterior, el cordón umbilical por el que respiraremos, y dentro tendrá lugar la verdadera vida latente.

Otro de los aspectos en los que todos parecemos coincidir como conclusión de esta pandemia es el factor multiplicador de contagios que suponen las grandes ciudades. Hasta ahora han sido espejo de modernidad, de pulsión ciudadana, de grandes acontecimientos y movimientos de masas, y precisamente esto último es lo que tardará mucho tiempo en volver. Vivir unos encima de otros, aglomerados en auténticas colmenas de diez pisos de altura, transitar todos por las mismas calles y avenidas, salir todos de casa a la misma hora y utilizar los mismos medios de transporte, son riesgos que los habitantes de las metrópolis de todo el mundo son ya conscientes de asumir. Y muchos de ellos buscan soluciones. Los buscadores de casas detectan un aumento de la demanda en zonas periféricas alejadas de los centros urbanos. La emigración de la ciudad a zonas rurales más amplias y libres de virus parece más que probable, en sentido contrario a la que se produjo a mediados del siglo pasado del campo a las grandes urbes, donde las oportunidades laborales eran mucho más numerosas. Nace un nuevo tiempo.