Con Permiso

José Luis Loarce


Inmenso Nadal

13/10/2020

Parecía volar sobre el suelo de arcilla de la Philippe Chatrier. Volaba Rafa Nadal bajo los cielos fríos de París. Era un Roland Garros cubierto y con solo mil espectadores (hasta se oía el ruido del tráfico en la transmisión), lejos de su tradicional mes de junio, agarrotado de mascarillas y temor, pero el mallorquín peleaba cada bola del serbio Djokovic, —actual número uno del escalafón—, como si le fueran no una sino mil vidas en cada golpe. Y no era, según decían los que saben, favorito para el título.
A esta hora ya han visto y oído y leído todo sobre este decimotercer Roland Garros, las 100 victorias allí y sus 20 Grand Slam para España (iguala el récord de Federer). Pero cada espectador que vibró con el partido de Nadal tiene su lectura, sus emociones, su propia medida del asombro ante un tipo ejemplar, uno de esos deportistas imposibles de igualar que, con 34 años, hace tiempo que es el mejor en la historia del deporte español y posiblemente de todo el tenis mundial. Dejar a su rival con el primer set en blanco, subir a la red y pegarle en los saques como pocas veces, aguantar la aparente resurrección de Novak cuando en el tercer y definitivo set perdió por primera vez su servicio, ejecutar unas dejadas sobrenaturales, para rematar el triunfo con un saque directo y quedar, como todos nosotros, arrodillados ante su leyenda inacabable es un motivo de alegría y la imagen de una buena noticia, en medio de este rastrojo político y pandémico por el que se arrastra el país.  
Por eso a uno le apetecía compartir la emoción de un deportista que ha superado lesiones y momentos desesperados pero que ha sabido volver a lo más alto, que se ha sobrevenido a aquellas acusaciones de ‘español’ y que el domingo propinó un disgustazo importante a los que bandera e himno les producen sarpullidos ideológicos. Nadal es ya un mito del que celebramos sus hazañas, como celebramos esa resistencia emocional indomable, su capacidad para no doblegarse y la gestión mental de una trayectoria de superación.
Con solo 19 años, melenudo y musculoso, se anotaba en 2005 su primer trofeo sobre la tierra roja parisina, insuflando al protocolario mundo del tenis una iconografía inédita, ahora, más reposado, nos deja además un personal catálogo de tics y manías. Pero cómo no agradecer una vez más que este zurdo de oro sea así de grande dentro y fuera de las canchas de tenis.