Julián Sánchez Mora


La Semana Santa con mascarilla

27/03/2021

Hace un año pensábamos que todo seguiría igual menos nosotros que estábamos confinados por una dolorosa pandemia que mataba cuerpos y almas. A todos nos parecía muy extraño y surrealista ver nuestras calles silenciosas convertidas en calles de amargura con los cielos rotos en lágrimas de vírgenes dolorosas, derramando crespones con bordados de oro.
Parecía imposible imaginar nuestra rica pasión ciudadrealeña sin cristos nazarenos con leños pesados, caminando hacia el calvario con los pies ensangrentados de rojos claveles sin nubes de incienso y espuma. ¡Qué nostalgia de esos días santos, de titulares con sus caras de compasión y misericordia! En Semana Santa de Ciudad Real todas las caras de los titulares y pasos de misterio tienen rostros radiantes de misericordia. Las calles se hacen más plomíferas sin costaleros de granito y fuego. Las bandas musicales ya no tocan marchas cofrades con sones barrocos gimiendo suspiros de fe y esperanza.
Nos parecía que todo pasaría muy rápido. Y luego, todo seguiría igual que siempre. ¡Y hay que ver lo que nos ha cambiado la vida un año! La primera Semana Santa en pandemia no tuvo arcos de palmas por el que pasaba el Señor Jesús entrando triunfante en Jerusalén. «Para el año que viene -nos repetíamos- y estamos ya a las puertas de otra Semana Santa sin estaciones de penitencia ni exornos floridos, abiertos tan preciosos como la luna llena que espera al resucitado. El recuerdo de la Semana Santa se nos ha quedado pequeño y lo que parecía la brevedad de un año, ahora raya en periodo infinito. Y más que nunca este tiempo de pasión con pandemia nos deja sin gloria ni cristos cargados de cruces de penas amargas. Los cofrades de las Hermandades llevan un año llorando a sus vírgenes de la piedad y dolorosas de tocas moradas. A ellos y a nosotros será muy difícil reponernos.
Pero hay otra Semana Santa. La profecía del sueño hecho cruda realidad. La pandemia del COVID-19 nos hizo vivir otra Semana Santa cargada de vivencias tan religiosas como la que cruza nuestras calles, la que entra y sale de los templos entre aplausos y oraciones pidiendo al Señor Cautivo que su mano se lleve, de una vez para siempre, esto tan malo que nos está pasando. Sí, hay otra semana de pasión sentenciando a muerte a Jesús Nazareno ante el ingreso de miles de enfermos, acogidos con profundo dolor por los sanitarios que sus caras chorreaban dolor, compasión y misericordia. 
Cientos de verónicas desconsoladas, limpiaban entre gasas y algodones a los contagiados, estampando el rostro humanitario y desfigurado de Jesús camino del Calvario y de la muerte. En aquella Semana Santa aprendimos a vivir agazapados en cada casa, saliendo solo al atardecer para romper con aplausos los gritos del silencio, pidiendo un reconocimiento heroico para tanta humanidad del personal sanitario y servicios. En aquella Semana Santa manchega los enfermos agonizaban en el lecho del dolor como otros cristos yacentes esperando el contagio y la agonía. Los cuerpos doloridos de tantos enfermos parecían otros ecce homo desfigurados por un chorreo de sudor frío y de muerte crucificada. ¡Qué Semana Santa aquella!
Los hospitales no daban abasto a dictar tantas sentencias de muerte solitaria. Los seres humanos podemos morir unos por otros, pero siempre morimos solos. Y solos eran llevados a sus sepulturas sin una madre, o un ser querido, que al bajarlos de la cruz los recogiera entre sus brazos como otras madres de piedad. ¡Cuánta soledad despidiendo a los muertos solos porque en aquella Semana Santa todos los días eran viernes santo!
Y este año, quizá con otras experiencias, repetiremos esta pasión con el alma ya rota y cansada de tanto dolor, lavando los pies como Jesús a cientos de necesitados que piden nuestra ayuda sacrificada repartiéndoles amor a manos llenas. Semana Santa de dolor y pasión, otro año con los templos casi vacíos de aforos despojados de la vestidura de fe, que parecen alegrarse más que llorar. 
Este año la Semana Santa llevará mascarillas tapando sus rostros de cera y brotando la belleza de unos ojos que miran a tanto Cristo crucificado y Virgen de la Esperanza. Rostros con mascarilla para mirar y llorar. Mascarillas que hacen poco a poco cubrir tanto misterio de pasos esculpidos con la belleza de la gubia. El año que viene –si Dios quiere- esperaremos otra Semana Santa recorriendo nuestras calles manchegas sembradas de flores y nubes de incienso que se eleva a los cielos, esperando la inauguración de un Cristo eternamente resucitado.
No quiero pasar a la historia como el magno pregonero, dos veces designado y sin oportunidad para dar el pregón de tanta orfebrería tallada, sobre la Semana Santa de esta capital manchega.