Edeumonía

Juan Villegas


Sentido metafísico

19/02/2021

El mayor desafío al que nos enfrentamos es que, como sociedad, no podemos ponernos de acuerdo en una serie común de verdades. La gente ha de estar en desacuerdo sobre los retos a los que nos enfrentamos, sobre cuáles deben ser las respuestas, en eso consiste la democracia. Debemos tener un debate vigoroso y vibrante. Pero necesitamos operar desde una serie común de hechos. Y hoy en día ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en lo que pasó ayer (…) No se acepta ninguna presentación de los hechos que contradiga los sentimientos que tienen las personas. La gente se fía más de sus sentimientos que de los hechos». Estas palabras son parte de unas declaraciones recientes del director de The Washington Post, Marty Baron, que tras anunciar su jubilación hace análisis de algunos de los retos más importantes a los que, según él, se enfrenta la sociedad actual. Creo que una de las preocupaciones más importantes que tenemos en nuestras clases los profesores de filosofía, además de querer que nuestros alumnos sean capaces de generar pensamiento propio (algo que algunos dirigentes políticos, en su afán de control, lamentaría que llegara a ocurrir, y por eso la nueva ley de educación y otras leyes que pudieran venir dirigidas al control de los ciudadanos) y de que entiendan adecuadamente el pensamiento de los filósofos (que por supuesto y sin duda alguna todos los profesores deseamos) es que comprendan que sus ideas no son fruto de reflexiones extemporáneas, ni que sus teorías son puras especulaciones alejadas del mundo que les rodea, sino que surgen del esfuerzo por comprender y afrontar los problemas de su época. Ideas que sirvieron y sirven, o no, pero sin las cuales ni se entendería el mundo de entonces ni el de hoy. Las cosas no pasan porque sí, tienen su origen en algo que se ha hecho o se ha pensado antes. Por eso, a poco que escarbemos en la superficie de la historia, podremos descubrir cómo bajo esta siempre se esconden cuestiones de naturaleza filosófica. Y digo esto porque lo que hay detrás de las preocupantes palabras del director del The Washington Post es, sobre todo, un verdadero problema de carácter filosófico. Nuestras sociedades padecen una grave enfermedad cultural que consiste en la carencia de sentido metafísico, enfermedad que viene ya de largo y que ahora se ven con más claridad sus efectos. El sentido metafísico tiene que ver fundamentalmente con la conciencia del límite, de que los seres humanos somos limitados, o, si prefieren, el sentido metafísico consiste básicamente en saberse criaturas. Nadie que conozcamos se ha dado la existencia a sí mismo. Ninguna voluntad humana se autopone a sí misma. Nos encontramos siendo, la existencia es para nosotros un límite, se nos ha dado, no nos la hemos dado. En este sentido, podemos decir que la realidad nos antecede. El sentido metafísico surge, por tanto, del reconocimiento de esta evidencia y el problema viene cuando queremos anteponer la voluntad y el sentimiento a la propia realidad. Cuando esto ocurre, se empieza a creer que las cosas son porque lo queremos. El ser humano es un ser libre y transformador, protagonista de su historia, pero sujeto siempre a una realidad que él no crea. Y una de las consecuencias más trágicas que trae la pérdida de este sentido metafísico es el desprecio de la verdad. Si no, ¿cómo explicar que, como dice Marty Baron, la gente se fíe más de sus emociones que de los hechos? ¿Qué está pasando en estas sociedades que renuncian a querer encontrarse en la verdad? ¿Por qué de esta alergia a hablar de la verdad? 
¡A cuántos le repelerán hoy los versos de Antonio Machado: «Tu verdad no, la Verdad;/ y ven conmigo a buscarla./ La tuya, guárdatela» ¿Por qué ese empeño en no estar dispuestos a ni tan siquiera buscar juntos la verdad? ¿De dónde nos viene esa aversión a la verdad? ¿Por qué hemos renunciado a confiar en la posibilidad de encontrar verdades que nos puedan valer a todos? ¿Qué nos ha llevado a esta dinámica suicida que solo puede terminar en la incomunicación y la violencia? La respuesta es clara, la búsqueda de la verdad es un acto de reverencia a la realidad, a la realidad que nosotros no creamos.