DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


No es libertad de expresión

19/02/2021

Si Pablo Hasel es cantante, todavía me pregunto por qué no me cogieron en Saint Marc para formar parte de los Chicos del Coro. En esta famosa agrupación de Lyon han desperdiciado un gran talento. No han sido los únicos. En un concierto junto al castillo de Torija, nada más terminar la actuación se me acercó José Antonio Alonso, etnógrafo e icono del folklore de Guadalajara: «Si no te importa, céntrate en el violín y los coros que los hagan el resto». El gran folklorista sabía lo que hacía y ahí terminó toda mi carrera en el apasionante mundo de la canción.
Vista la trayectoria del rapero, todavía estoy a tiempo de progresar en la música. La idea es decir la burrada más gorda que se te pase por la cabeza siempre que no señales ni a la pareja de Galapagar ni a cualquiera de sus muchos aduladores. Seguro que tendrá acomodo en los cánones del Gobierno para defender una falsa libertad de expresión. Como perlas del archivo del tal Hasel, que en realidad se llama Pablo Rivadulla, valgan tres ejemplos: «¡Merece que explote el coche de Patxi López!»; «no me da pena tu tiro en la nuca, pepero. Me da pena el que muere en una patera. No me da pena tu tiro en la nuca, socialista»; y «que alguien clave un piolet en la cabeza de José Bono». Ahora, cambia los nombres de Patxi López y Bono por los de Iglesias y Montero. ¿Las letras son igual de cachondas?
Ni siquiera a Hasel le han metido en la cárcel por eso. Ese es el argumento de Podemos y de todos los que critican que haya entrado en prisión: minimizar los delitos, decir que es por cuatro tweets y dos canciones, y justificar así un cambio en la legislación para abrir la mano a que cualquiera pueda decir lo que le dé la gana sin temor a consecuencias judiciales. Es evidente que esa barra libre solo será para comentarios dentro de una línea ideológica muy concreta. El planteamiento es tramposo y lo confirma la respuesta que, hasta este momento, se le ha dado a Echenique mientras encendía las calles y justificaba la quema de contenedores, saqueo de comercios y rotura de escaparates: «Todo mi apoyo a los jóvenes antifascistas que están pidiendo justicia y libertad de expresión en las calles. Ayer en Barcelona, hoy en la Puerta del Sol». Si en España no existiera tal libertad, hacía ya unas cuantas horas que el portavoz de Podemos tendría que estar en la cárcel. Y como él presume: «Pido disculpas por seguir aquí sentado».
Pero quedarse en lo que ha dicho Echenique, en el silencio de Iglesias, en el insultante rodeo de Rafa Mayoral -diputado de Podemos- es no querer ver el auténtico fondo del problema. En el Gobierno hay un partido antisistema que aprovecha cualquier excusa para reivindicar su condición y justificar los ataques contra la convivencia si los han protagonizado los suyos. Hasta aquí, nada nuevo. El problema es de Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno conoce bien los fundamentos de Pablo Iglesias y ha preferido el insomnio puntual – «no dormiría tranquilo» con Iglesias en la Moncloa-, a la decencia democrática. El poder suple cualquier conato de ojeras y es el mejor maquillaje. La pregunta es: si gobernando vuelan adoquines, arrasan papeleras y señales de tráfico y se revientan cajeros automáticos con una impunidad preocupante, ¿qué estaría pasando ahora mismo en las calles con un Gobierno liderado por partidos de centro derecha?