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José Rivero

Doble Dirección

José Rivero


Toponimia palmera

06/10/2021

Toda catástrofe –natural, climática, terrorista, bélica o volcánica– arrastra un innumerable vínculo con la toponimia circundante. A partir del dato –ya sea el 11 de septiembre de 2001, en New York; el 11 de marzo de 2004, en Madrid; el 14 de marzo de 2019, con la COVID; o el 15 de agosto de 2021, con la caída de Kabul– aprendemos a conocer el entorno geográfico próximo y a nombrar ciudades nuevas, estaciones de metro de Manhattan, laboratorios farmacéuticos, ciudades afganas ignotas o paisajes físicos de ensueño. 
Como ahora no es está ocurriendo, desde el 19 de septiembre, con la geografía de la isla de La Palma, tras la erupción del volcán de Cumbre Vieja, que algunos llaman Cabeza de Vaca. Hemos ido aprendiendo y reconociendo nombres y accidentes de una isla –ya no tan afortunada, como se suele decir de las islas Canarias– con forma escueta de corazón breve o de arma lítica elemental. Desde la cumbre de los Andenes –al norte–, en cercanía de la Caldera de Taburiente, que aloja el punto más alto, como es el Roque de los Muchachos, con una altitud de 2.426 metros. Desde allí y bajando hacia el sur se produce el espinazo de los serrazos de Cumbre Nueva y de Cumbre Vieja, que llega a la Caldera de los Arreboles, en proximidad a la Punta de Fuencaliente.
Una formación geológica como Cumbre Vieja es una sucesión de cráteres y volcanes que se alternan con diversas sierras y picachos, tales como el de San Juan, el de Tahuya, el San Martín y ya más al sur isleño, los volcanes de San Antonio y de Teneguía Sin olvidar –todo un síntoma singular– la denominada Montaña de Fuego, como un reconocimiento del magma que duerme en las entrañas y que muchos se siguen preguntando por su procedencia. Una formación geológica que como una espina dorsal del territorio isleño va dividiendo la isla entre las vertientes este y oeste. Una topología y una toponimia que va salvando pequeñas poblaciones –ahora afectadas por la lava y las cenizas que caen como una lluvia gris y pesada– como Tajuya, Todoque, Triana o Tacande que están en trance de transformación o desaparición parcial. Como el litoral de la isla misma, que ve a la lava vertida y expulsada desde las bocas volcánicas componer una fajana nueva–porción de lava vertida al mar–. Junto a todo ello, no podemos olvidar las figuras impasibles y casi mitológicas de palmeros y palmeras, erguidos y dolientes, frente a un futuro que se adivina desde las entrañas del pasado volcánico.