Buenos Días

Antonio García-Cervigon


Derechos a ‘la cubana’ y ‘calabazas’

30/06/2020

Hace días hablábamos con varios lectores de este periódico vía telefónica y nos indicaron que, para este verano, pasáramos de puntilla de la política y relatáramos en próximos artículos: vivencias de antaño protagonizadas en nuestros pueblos, o con famosos que hemos entrevistado. Cumplimos su requerimiento. 
En el pasado siglo, fabricantes de hoces en La Solana, convinieron la formación de una sociedad para mejorar la defensa de sus productos de cara al mercado que era a escala mundial. Ya se exportaban, sobre todo hoces, a los cinco continentes. Algunos contactos hubo con representantes de los talleres mostraban su rechazo a la sociedad pretendida, con el fin de reducir y abaratar costes en lo que se pudiera, sobre todo, en la materia prima de su industria, que era fundamentalmente acero que se importaba de Bilbao, Inglaterra y de otros lugares del planeta. El día de la esperada reunión en la que el presidente de la comisión elegida citó a los de su gremio para la ocasión, la convocatoria siguió la orden del día. En el uso de la palabra se hallaba dicho presidente cuando desde lo representantes convocados se escuchó una potente voz en demanda de la palabra. 
Era un pequeño fabricante que además era familiar del presidente de mesa que le espetó a voz en grito: «¡Primo, hablas muy bien, pero como hagamos caso de ti, vamos derechos a ‘la cubana’!». Se refería a las sardinas saladas, en salazón, depositadas en cubetas circulares de madera- de ahí su nombre- que llegaban de Isla Cristina a los mercados de la provincia y en tiendas de ultramarinos, y consumidas casi a diario por las clases populares allá por la década de los cuarenta y cincuenta del pasado siglo. El dicho vamos ‘derechos a la cubana’, desde entonces es aplicado a cualquier proyecto que no vislumbra salida profesional positiva en cualquier empresa a emprender. Frase que ha calado en el imaginario popular, ante planteamientos novedosos. 
La segunda anécdota que relatamos sucedió la víspera del Ofrecimiento a la Virgen de Peñarroya. Se quemaba en la Plaza Mayor el tradicional castillo de fuegos artificiales en honor a la Patrona, frente a la parroquia de Santa Catalina. La plaza estaba de bote en bote. Entre el personal se encontraba un caballero que portaba en hombros a un sobrino carnal que tapaba sus oídos por la estampida de los fogonazos procedente del castillo. La poca iluminación artificial que lucía la plaza se vio complementada por la luz que desprendía el estruendo de la pólvora. El niño, entre la sorpresa y admiración, exclamó: «¡Tío, tío cuántas cabezas se ven!» La respuesta del familiar no se hizo esperar. ¡Sobrino…! Cabezas pocas, la tuya y la mía, calabazas casi todas. Calabaza se aplica a la persona falto de mollera. Era otro herrero solanero que leyó a  don Antonio Machado: «De diez cabezas en España. nueve embisten y una piensa». 



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