Con Permiso

José Luis Loarce


Madrileñizados

30/06/2020

Habían pasado 147 días. Casi cinco meses. El tren avant parecía algo extraño la mañana de este domingo: el segundo sin estado de alarma. Taquillas y control, en la distancia de sus vitrinas, se antojaban acuarios humanos. Estrenábamos un tiempo que nos había sido robado. Un tiempo extirpado por un confinamiento que nos volvió del revés, hasta convertirnos en seres de metacrilato y gel hidroalcohólico.
La libertad se enmascarillaba en un tren de enmascarillados necesarios. Tenía Madrid a cincuenta minutos vedados y oíamos hablar de madrileñofobias. ¿Pero es posible…? Aquel Madrid me mata, título de la revista de la Movida de nuestros años ochenta, parecía ahora el Madrid me contagia. Me da trabajo y me infecta. Lo amo y lo odio. «Piénsatelo», decía el lema publicitario que buscaba madrileños en Atocha para avecinarlos en mi ciudad por las facilidades y prontitudes del ave mágico. ¿Para venir o para escapar?, pues había quien sonreía ante una campaña casi disuasoria. 
Regresábamos tras la pandemia y Madrid era abrazarnos a Adrián, tras meses de pantallas teletrabajadoras. La vida repite en nuestros hijos lo que nosotros ya vivimos. Regresos y reencuentros, vivencias y situaciones que parecen engancharse en un bucle cronológico que reproduce sensaciones y sueños que se van cumpliendo, y que este paréntesis -que no se acaba de cerrar-  redimensiona en tiempo y espacio. Porque Madrid necesita de su periferia que somos los manchegos, de vaciarnos en esta especie de diáspora (laboral, económica, intelectual, artística…), y nosotros saquear su vitalidad y su turbulencia, su libertad y su historia, sus huellas y su universalismo, su mezcolanza. Uno sería otra persona, tendría otra biografía, si no hubiera vivido y sufrido Madrid. Aunque mi Madrid de Tierno y la Transición crezca aromatizado de nostalgia, pues todos los paraísos son los paraísos perdidos, y ese perfume de plomo y cielo líquido es indistintamente madrileño.
Pudo ser nuestra capital autonómica y hoy es la otra periferia. Aislada, vaciada en su oquedad por una España que la culpabiliza y la ama intensamente. Que la ve crecer y alejarse, pero que la siente más cerca, más próxima, más necesaria que nunca. A Madrid, como canta Sabina, regresa siempre el fugitivo y, sí, Joaquín, siempre queda sitio para alguien. Madrid no se acaba nunca.