Edeumonía

Ramón Horcajada


El abismo de la desinformación

11/12/2020

Información y democracia han jugado un papel importantísimo en nuestras sociedades a lo largo de todo el siglo XX y, evidentemente, del XXI. Si algo caracteriza en este tema a nuestro mundo es que todas las partes están bien servidas, por decirlo de alguna manera: por un lado, los agentes que toman decisiones jamás tuvieron mejores medios para saber sobre qué datos tomar sus decisiones; por otra parte, también los sujetos sobre los que recaen las decisiones de aquéllos jamás estuvieron mejor informados.
Inmediatamente surge la pregunta: ¿podríamos asegurar que este conocimiento ha aportado una gestión de nuestro mundo más cabal y juicioso? ¿Ha reducido la brecha entre la élite dominante y el pueblo gobernado? ¿Cómo puede ser que sea en esta época donde podemos hablar de auténtica escasez de información exacta? Si volvemos a las partes de las que hablábamos antes, podemos asegurar que hoy por hoy, quien tiene la información la moldea y, de otra parte, quien la recibe tiende a evitarla o a seleccionarla. Por todas partes repetimos hasta la extenuación del deber de informar de aquellos a quienes corresponda, así como del derecho de ser informados que nos asiste como ciudadanos, pero por ambas partes se traicionan estos principios. Todo parece un pacto entre caballeros asentado en la honradez, cuando realmente lo que tenemos es dos sectores de ciudadanía que no viven, y creo que hay que afirmarlo rotundamente, más que para despreciarse. Si quien da la información no la transmite como es y quien la recibe la lee de modo partidista, no es otra cosa más que desprecio de lo que se puede hablar. La democracia no puede vivir ni sobrevivir sin una cierta dosis de verdad, está condenada a muerte si lo que prima es la ignorancia ciudadana o la preeminencia de pasiones irracionales pasajeras.
Vistas así las cosas, se trataría de un juego en el que nadie es inocente. Igual que en política es el pueblo corrupto el que justifica a sus políticos, aquí también serían las demandas de los consumidores los que alimentan la mentira del informador, del mismo modo que éste alimenta esa misma demanda en la medida que va viendo resultados. Las demandas de esos consumidores responden a convicciones ideológicas que buscan más las interpretaciones que se acomoden a sus presupuestos que la exactitud de información real. Y la oferta juega con eso para seguir alentando el movimiento. No interesa la relajación ni la pacificación. O eres aliado o eres adversario, eso es lo único que importa. 
Hemos hecho de nuestro mundo el mundo de la ciencia, de la democracia, de la información, y resulta que hemos descubierto que esto no nos capacita para comportarnos de manera más científica, más democrática ni más transparente. No somos, ni mucho menos, más racionales ni honestos que en las épocas anteriores a la nuestra. Es más, y si somos coherentes con los criterios utilizados actualmente, deberíamos ser juzgados más duramente que nuestros antepasados, ya que sería mucho más grave la falta de honradez actual que la de épocas pasadas debido a esa riqueza de información y de ciencia que poseemos hoy en día. ¡Ojalá y sean juzgados con la misma dureza que exigen todos esos revanchistas y energúmenos que han hecho del enfrentamiento y la agresión el lema de sus vidas! Y es que resulta curiosa la alarmante intransigencia con la que se juzgan actuaciones pasadas y la benevolencia con la que se quiere ver las descaradas actuaciones de muchos de nuestros contemporáneos en nombre de justicias que sólo ellos entienden. 
Se supone que en las épocas precientíficas se deberían haber dejado llevar más que nosotros por sus inclinaciones irracionales, por la mala fe. Hoy deberíamos haber cambiado de actitud y, sin embargo, nos seguimos moviendo en la misma dinámica, a pesar de la superioridad moral con la que algunos quieren imponer sus visiones e interpretaciones. Y lo que más me duele es que nuestras posibilidades eran mayores que nunca. O quizás quede otra opción, como afirma Douglas Murray: que los salarios de seis cifras por transmitir hostilidad y enfrentamiento sea lo que de verdad mueve todo esto ya que los problemas y soluciones que plantean no tienen solución. Su trabajo estaría garantizado de por vida hasta que un día la gente se diese cuenta de que su respuesta a los problemas de este mundo no es solución ninguna, sino una invitación a la locura.