BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Dar la talla

01/02/2021

La vida exige en determinados momentos dar la talla, el que la da, sale adelante; el que no, se queda relegado en el pelotón de los torpes. Ése es un dogma que antaño se aprendía en la escuela, el primero probablemente, el más importante. Hoy día, muchos de los grandes valores de otro tiempo, como acaso éste, han quedado subvertidos por una serie de causas en las que no voy a entrar por razones obvias.
Dan la talla los seres humanos, pero también los pueblos. La trágica situación de la pandemia que nos asola se planteó a finales del invierno pasado como un torpedo asestado en la línea de flotación del barco en el que apaciblemente navegábamos nuestro día a día. Nadie, salvo algún iluminado o mejor informado, se lo esperaba, y como tal, el zarpazo fue seco y fulminante. Nunca habíamos vivido nada igual (excepto los muy ancianos a quienes les había tocado sufrir la guerra civil). Cuando tomamos conciencia de la realidad, el coronavirus, cual plaga de Egipto, había empezado a cobrarse vidas por decenas, por centenares. Nos confinaron a todos y, aunque nos habían dicho que la cosa iba esencialmente con  los ancianos y enfermos crónicos, aguantamos el tirón, excepción hecha de esa minoría que vive exprimiendo el limón y que JAMÁS da la talla, salvo en su capacidad aguantar la juerga.
Después de dos meses y medio de encierro, empezamos a asomar la patita como las marmotas, hasta que oímos a nuestros dirigentes políticos anunciar a bombo y platillo que habíamos doblegado al virus. ¡Qué enorme error! Si hubieran leído La Peste de Camus hasta el final se hubieran dado cuenta de que esos virus dañinos siempre están ahí, agazapados, esperando su momento. Y empezó el verano y con él los sucesivos rebrotes desde Lérida. El turismo, auténtica obsesión del Gobierno, se hundió, y, con él, la idea clara de lo que había que hacer. Pedro Sánchez, harto de un PP empeñado en politizar el tema, dejó gran parte de las responsabilidades en manos de cada una de las 17 Comunidades Autónomas y ahí empezó el sarao de la segunda ola, que mal que bien se fue conllevando (‘Había que acostumbrarse a convivir con el Covid’, otro gran error). El puente del Pilar, el de los Santos y el de la Constitución supusieron unos muy serios toques de atención.  Pero ahora, el objetivo era la Navidad: ‘Había que salvar la Navidad’ por el bien de la economía.
Y  fue así como empezó el drama que ahora estamos viviendo. Desde el Gobierno se nos advertía: ‘Moderación, porque la tercera ola está por llegar’. Y, como el que oye llover, los desventurados de siempre, los inconscientes de siempre, y los que, como en el drama de Brecht, pensaban que el asunto no iba con ellos, la liaron de nuevo, con la diferencia de que ahora sí que estaban advertidos.
Nunca las cenas de Nochebuena y Nochevieja se pagaron a tan alto precio como este pasado año. La cuesta de enero nos ha pillado en paños menores para desesperación de los sanitarios y gentes con la cabeza en su sitio, que ven cómo la historia se repite, que este pueblo llamado España no aprende y tropieza y tropieza mil veces en la misma piedra hasta despeñarse por el precipicio como los carneros de Panurgo. Y otra vez el índice de mortandad se eleva y se eleva, con las UCIS atestadas, y con un Gobierno que prácticamente se limita a hacer el recuento de infectados y de víctimas, en espera de que la famosa curva provoque de nuevo la inflexión y de que la vacuna contribuya a resolver este tremendo drama,; una vacuna que ha servido, por cierto, para sacar a colación la desvergüenza y truhanería de muchos dirigentes de todo signo, ignorantes de que el capitán es el último que ha de saltar del barco cuando éste se hunde.
Cuando pase lo fuerte de este ciclón y los ceros que hoy nos muestran como meros guarismos se tornen historias crueles, con ojos y caras, provocadas por inconscientes criminales, el drama vivido se tornará tragedia y los remordimientos se acumularán en las conciencias de tanto imbécil que ni supo ni sabrá JAMÁS dar la talla.