Con Permiso

José Luis Loarce


Amanecer

05/01/2021

Ha convenido el hombre que los años mueren y nacen. Que se suceden como un sumatorio de tiempo. Como si no hubiera un continuará, sino un calendario en blanco con 365 huecos por rellenar. Se produce en nosotros cierta sensación de miedo a la página en blanco y a la vez de vertiginosa invitación al abismo de los días por venir. De ser también nuevos. De ser otros. De esperar lo mejor, pero también de temor por las adversidades privadas o públicas que nos puedan llegar. Y siempre nos hace su guiño irónico el almanaque, con el cambio de año (de cotillón y confeti ahora aplazados) mezclado con la Navidad, que siempre es nostalgia y niñez de villancicos que ya no cantamos y el abuelo Fermín tocando en medio del cuarto una enorme zambomba que él mismo se manufacturaba.
Rotos por las ausencias y las soledades, la tristeza por quien no he podido abrazar se entremezcla con las ausencias que no volverán. Así el año que empezamos asoma en el alma como un territorio inexplorado, de esperanzas cambiantes, aun con sus rutinas necesarias que siempre vuelven. Por aquello de imaginar o de esperar lo nuevo, suelo fijarme, impensadamente, en las primeras cosas que inauguran aquello todavía no gastado por la fatiga de los días: el primer beso, la primera llamada, la primera luz, las primeras líneas leídas, las primeras voces en la radio de la mañana, la primera música buscada, la primera pisada en la calle, el primer buen deseo pronunciado o recibido, los primeros artículos de la prensa jugando a adivinar si eran frescos del nuevo año o de la nevera… Pasiones inútiles como buscar el sentido de la vida tras la resaca imaginaria. Añoranzas que raspan por dentro como las canciones de Edith Piaf. 
En otro amanecer de enero me he asomado, sin premeditarlo, a la noche que se fugaba del cielo mientras el día caía sobre nosotros. Deambular en silencio por la casa que todavía duerme era el registro de una amanecida de invierno inédita en esa lentitud contemplativa. Veía que la negrura de la noche tenía la silueta de los árboles, deshojados como esculturas hieráticas de frío, y la línea quebrada de los tejados, con el silo-torre de los Ángeles geometrizando altivo el día imbatible, mientras la luz solar reptaba por los huecos. Era un instante de belleza inesperada que parecía expresar, para mí nada más, lo que la sucesión de años tiene de amanecer cíclico e idéntico, pero distinto siempre en la singularidad de quién y cómo lo mira.