José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Berlanguianos

08/06/2021

Esta semana el cineasta Luis Berlanga cumpliría cien años y los medios culturales lo vienen recordando a modo. Ocasión que obligaba a revisar su filmografía completa, hasta las películas menos inspiradas, y a recordar, por qué no, aquella atestada conferencia de principios de los ochenta en la Facultad de Ciencias de la Información de Ia Complutense, sobre las diferencias entre erotismo y pornografía, y unos años más tarde, cuando en el 88, en el marco de un ciclo cultural de la entonces Caja de Cuenca y Ciudad Real, me tocó presentar la charla bajo el epígrafe ‘Cine y Literatura ante el reto del 92’, con él y el escritor Gómez Rufo (que poco después sería su biógrafo, Berlanga, contra el poder y la gloria, título certero por otra parte, aunque es Manuel Hidalgo el crítico que mejor ha profundizado en su obra).
Fueron las dos veces que más cerca estuve de este grande entre los grandes, pues no se cuenta la despedida postrera en la Academia del Cine, bastante poco berlanguiana por cierto (él, que hizo muchas veces de los cortejos fúnebres una sátira entre esperpéntica y fallera), ni tampoco, después, el día que nos desviamos de la A-1 para comprobar que todavía existía el balcón del Ayuntamiento de Guadalix de la Sierra (Villar del Río), donde rodó una de las parodias más célebres de la historia, en «¡Bienvenido, Míster Marshall!».
Por eso, recordar a este peculiar misógino y erotómano, comediógrafo vitalista, siempre incisivo y libre, «ácrata burgués» como se autodefinió, que retrató al ser humano como un antihéroe en la miserabilidad y lo confrontó, en su cine, con una sociedad y unas ideologías que lo zarandean entre realidades grotescas y absurdas, me llevaba más a la persona, a la conversación poscoloquio de un noviembre frío, cuando hablaba y hablaba del fuerte vínculo familiar con nuestra tierra, con Cuenca concretamente, o cuando soltaba, irónico y dolido, alguna malevolencia privada sobre la directora general Pilar Miró, que cuatro años antes le había cesado como presidente de la Filmoteca Española, al parecer por no cumplir los horarios laborales de funcionario. (Personalidades tan fuertes y antagónicas difícilmente podrían darse juntas.)
A este «mal español» como lo definió Franco por su genial El verdugo, 1963, pese a que participó en la División Azul, en 1941, por salvar a su padre republicano, le exigían ‘fichar’ al salir y entrar de la Filmoteca, la misma entidad donde la familia ha donado un legado inmenso, a la espera de la exposición monográfica obligada y, alguna vez, de ese Museo del Cine que sigue siendo asignatura pendiente de la política cultural española. Mítico burlón eterno. 



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