LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Piel de toro

21/06/2020

Permanece obnubilado frente al televisor, casi sin pestañear, mientras su abuelo, un libro abierto que cada tarde le explica los entresijos de la Fiesta, saborea otro vaso de vino tinto y corta chorizo y queso que acompañan con un buen trozo de pan. A sus siete años, Iván se siente más atraído por una corrida de toros que por cualquiera de las series de dibujos animados que se emiten en uno de los dos únicos canales que existen. No recuerda muy bien cómo se inició esa afición, casi pueril, pero el gusanillo de la tauromaquia, ese ritual mezcla de albero, sol y clarines, se le va metiendo muy adentro.
Pasan los años, Iván, estudiante de Derecho, cambia la pequeña pantalla por la plaza, donde el olor y el ambiente lo envuelven todo en un halo ancestral, abandona el refresco por el gin-tonic, la silla del salón por la contrabarrera, y comienza a entender lo que es la lidia, a diferenciar los tipos de encornaduras de los morlacos, los tercios, los distintos pases con capote y muleta y, en definitiva, lo que es una buena faena y otras para olvidar.
En esa época de tendidos y almohadillas vive, tras una lección magistral de Enrique Ponce, el indulto de un toro colorado, de cara guapa, descolgado, bajito, con el cuello largo, que tira hacia abajo y que demuestra de principio a fin nobleza, bravura y fuerza; un animal portentoso, Gamarro, de la ganadería de Antonio Bañuelos, que, tras las pertinentes curas de las puyas, pasaría el resto de sus días como semental en la finca de la Cabañuela. El futuro letrado ha contemplado los últimos retazos de Chenel, la elegancia del maestro Joselito o el poderío de César Rincón, pero jamás había presenciado la intensidad de un astado tan soberbio como la de aquel toro del frío.
Al mismo tiempo que las canas empiezan a blanquear su pelo, de acudir de plaza en plaza, algo cambia en su interior y comienza a apreciar, que allí donde desde niño sintió arte y belleza, hay veces que también se provoca dolor y sufrimiento. Iván es testigo de estocadas infames, de banderillas salvajes y mal colocadas, de pésimas suertes de varas, de descabellos atroces y de agonías terribles de animales que se ahogan con su propia sangre. El arte por antonomasia que, en ocasiones, termina mudando su piel en cruel tortura. Eterna dicotomía.
El debate sobre la tauromaquia ha vuelto al primer plano mediático, no sólo por las decenas de manifestaciones a favor que se han celebrado por todo el país instando al Gobierno a cambiar de actitud y a dejar de discriminar a profesionales y aficionados, sino después de que el séxtuple campeón de Fórmula 1, Lewis Hamilton, se descolgara en las redes sociales con una fotografía de un astado muerto, ensangrentado y siendo arrastrado, con varias frases de censura: «¡Esto es realmente asqueroso, España!», manifestaba el británico, que reclamaba al Ministerio de Educación el cierre de las escuelas de tauromaquia, donde se enseña el arte del toreo a los niños a partir de los 14 años.
La crítica del piloto es una reivindicación de la organización animalista PETA, que lleva años movilizándose, involucrando a personalidades del planeta, para que se prohíba a la Fiesta Nacional, y rehuyendo equiparar el sacrifico del ganado bovino en el matadero. 
A lo largo de la historia, muchos han sido los detractores de la tauromaquia, tildando las corridas de bárbaras e incultas. Sin embargo, algunos de los grandes poetas y artistas españoles, independientemente de su ideología, la han defendido a capa y espada, como fue el caso de Federico García Lorca, que jamás ocultó su pasión por los toros y que fue asesinado y enterrado en la misma cuneta, ubicada en un punto sin determinar entre el Barranco de Víznar y la Fuente Grande, junto a un maestro republicano y a dos banderilleros anarquistas la madrugada del 18 de agosto de 1936. El poeta granadino definió al toreo como la riqueza poética y vital de una España, dejando para siempre la frase: «Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo».
Alberti, Picasso, Valle Inclán, Ortega y Gasset... Son algunos de los que han sentido una devoción que traspasó fronteras, cuyo gran exponente es el norteamericano Ernest Hemingway, enamorado del universo taurino, que calificó al cielo como «una plaza de toros con dos entradas vitalicias y un río de truchas al lado».
Iván pasea por el Museo del Prado para admirar, una vez más, las estampas que Francisco de Goya dedicó a la tauromaquia. Siempre estuvo convencido de que el prolífico pintor fue un defensor acérrimo de la misma, pese a la teoría revisionista de la propia pinacoteca que asegura que era antitaurino y que quiso abrir el debate sobre su legitimidad. 
La discusión sigue ahí. Las corridas son una parte fundamental del patrimonio cultural de un país con forma de piel de toro, cada día más dividido.



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