Antonio Pérez Henares

PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


Esplendor en la Alta Alcarria

04/06/2021

Mi primer y ansiado viaje no ha sido lejos. Era el que quería hacer y ni siquiera he salido de mi provincia natal. En una esquina, en la Alcarria Baja he pasado muchos meses durante los cuales solo una vez y de manera muy fugaz me había acercado al lugar. Necesitaba hacerlo y ahora necesito escribirlo, porque me lo exige la sensación de pertenencia recuperada que invadió nada más llegar todos y cada uno de mis sentidos.
Porque quizás se me había quedado olvidada en algún rincón de los recuerdos, tras tanta ausencia, la belleza de mi tierra, de esa Alcarria Alta, de ese Bujalaro en el que nací. Y por eso decidió asaltar mis ojos en cuanto me asomé a ella y ofrecerse en un esplendor de primavera, en un resucitado saludo de bienvenida y en una caricia de madre a hijo que, lejos de reprochar el abandono, lo recibe con aún mayor cariño.
Caminé por ella, y me fue contando con olores y colores, que se despertaban a mi paso y se levanta en cada mirada, como las nieves de Filomena, las lluvias de abril y mayo y ahora el sol y el refresco y humedad de nubes volanderas tienen a sus bosques tan pujantes, a sus mieses más verdes y a sus amapolas más rojas.
Nada más remontar a Miralrío, los valles del Henares y el Bornoba, con la sierra al fondo me ofrecieron un cuadro que desafiaba la paleta del mejor pintor. Una explosión tal de colores y matices, de profundidades y rincones que la mirada en los que la mirada se queda absorta y surge un incontenible deseo interior de intentar guardarlo para siempre. Es mi razón, y me imagino que la de muchos ustedes, por la que siempre andamos haciendo fotografías. Porque queremos detener el tiempo y guardárnoslo.
 De Miralrío y antes de llegar a Jadraque me metí hacia Villanueva y por la pista y luego cruzando el Chaparral volver al viso del siguiente monte y dar vista desde allí a mi propio pueblo, las Cendejas y Matillas. Al fondo siempre nuestra sierra, Negra, Norte o Ayllón, con el Ocejón emergiendo, algo más al oeste y un poco más al este, el Alto Rey.
 Ya sé que son montañas humildes, ríos pequeños, labrantíos no muy ricos y dehesas minúsculas. Me lo iba diciendo cuando tras un par de días deambulando por ellos retorné, y me fui despidiendo al volver, con particular cariño de Hita, ese hermoso pezón en el pecho de las alcarrias, al que la amapolas le habían teñido de rojo el sopié.
Fui a mi tierra y ella me dio, como siempre hace, la fuerza y el vigor que siempre me trasmite y que por el carcañal me sube hasta el corazón, me serena el pulso y me alivia el corazón.

 



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