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Diego Murillo

CARTA DEL DIRECTOR

Diego Murillo


Un mes de guerra, un mes de acogida

27/03/2022

La vorágine de los acontecimientos es tal que incluso la invasión de Ucrania parece que fue hace un siglo. De otro siglo parece, pero es real. Tan cierta como que en apenas cuatro semanas más de tres millones de refugiados buscan cobijo en una Europa atenazada por la dependencia energética, la incredulidad de las bombas y la incertidumbre de su futuro. La convulsión se extiende de forma callada en los acontecimientos diarios y personales de una ciudadanía expectante ante una mayor escalada del conflicto. Quien convive con niños pequeños sabe a lo que refiero. Ellos testan como nadie la temperatura del miedo y olfatean la inseguridad con una sensibilidad olvidada por los adultos. Preguntan insistentemente por los acontecimientos, por el estado de sus homólogos que captan los informativos en plena huida, despidiéndose en el tren de sus padres, buscando señales de colores que interpretan como juegos y así adentrarse en su mundo. Al otro lado de la pantalla, los niños que están a salvo quieren tener la certeza de que este nuevo desafío al que se enfrentan los mayores, acabe cuanto antes. El estrés al que se está sometiendo a un modo de vida deriva plenamente en situaciones de inestabilidad emocional y mental. Hay ya una generación que se siente esquilmada por la falta de oportunidades o al menos por no haber cumplido esas expectativas que tenía a corto plazo. Otras, en cambio, padecen la frustración de disfrutar de una calidad de vida que se ha truncado para muchas capas de la sociedad. La pandemia llevó al límite al estado del bienestar, a la economía y a los sueños de millones de personas. Abrió la puerta a una vulnerabilidad antes desconocida para Occidente, a una precariedad de suministros, de libertades y, en cierto modo, de esperanza. Sin embargo, se despertó una solidaridad y unanimidad en la respuesta dignas de prolongar en los próximos devenires, que no son menores. El primero y más importante, dar réplica a un conflicto bélico de la manera más coordinada y satisfactoria posible tanto en lo geoestratégico como en lo humanitario. Es el desafío no solo de la Unión Europea sino del mundo entero. Aunque Occidente se exceda en mirarse en el ombligo, ahora, es vital el papel protagonista que asume en una crisis de envergadura incalculable en multitud de dimensiones. Y es aquí donde me quiero detener, en concreto, en la acogida de esos millones de personas que abandonan sus países por la violencia, no solo de Ucrania, sino del resto de países en conflicto, la mayoría vecinos de Europa. Europa, por tanto, se encuentra ante el espejo. 
En este mes de desasosiego generalizado, la sociedad civil ha respondido de forma espontánea con iniciativas loables. Bomberos, médicos, religiosos, asociaciones de toda índole, empresas privadas y miles de familias han fletado autobuses, camiones y furgonetas para acoger y ayudar a los nuevos huéspedes. Lo impensable en crisis como las del Magreb, Siria o Afganistán ha ocurrido en este caso. Las instituciones europeas han respondido a la altura. Cuando hay voluntad hay camino, interpelaba un responsable institucional de una ONG, calificada en el pasado por ser «cómplices del tráfico de personas» en el drama del mar Mediterráneo. Pero no siempre ha sido así. La crisis de refugiados de Ucrania ha desvelado una distinción sobre una base étnico-racial realmente llamativa en la que todos deberíamos reflexionar. Muchos hogares están dispuestos a acoger menores rubitos que huyen del horror de las bombas pero no a un 'mena' que asalta la valla de Ceuta por razones de supervivencia económica. Lo mismo les ocurre a las administraciones. Esa clasificación ha sido palpable a la hora de acelerar visados y de activar fondos de rescate para refugiados. Hasta las formaciones políticas más reaccionarias a la entrada de extranjeros al mercado europeo abogan en estos días por abrir la mano y llamar a la movilización general para encontrar soluciones rápidas y efectivas sin importarles esa crítica repetida del 'efecto llamada'.
Nos guste o no, el futuro estará marcado por cómo Europa responde a la inmigración, migración u oleadas de refugiados de la forma más adecuada y por cómo debemos cambiar nuestra percepción ante flujos de personas de otros países a nuestras calles. Felicitémonos, en cualquier caso, por esta oleada de solidaridad que nos ha invadido durante este mes. El avance de una sociedad también se mide cuando es capaz de responder a la necesidad de los más desfavorecidos y de los más vulnerables, es decir, cuando es capaz de compartir.