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«Entonces todos los bares se abrían en el centro»

Hilario L. Muñoz
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Sinesio Naranjo ha estado toda su vida pegado en la barra del bar. A los 11 años empezó a trabajar en la hostelería y siguió en ella hasta el día de su jubilación, al principio de los 90.

«Entonces todos los bares se abrían en el centro» - Foto: Tomás Fernández de Moya

«Empecé limpiando mesas y ceniceros y, luego, me colocaron detrás de la barra del bar y estuve muchos años». Con el descanso llegó el tiempo para el recuerdo con dos libros editados hace años y un tercero, publicado esta semana por la editorial Serendipia, en el que muestra cómo era la hostelería que él conoció: la de mediados del siglo XX, antes de la llegada de las discotecas, los pubs y la noche. Con sus 94 años analiza esta historia viva de la ciudad. 

¿De dónde surge la idea de escribir Tabernas, Bares y bodegas. De 1900 a los años 50?

De mi niñez, mi adolescencia y mi juventud, que la he pasado en el bar España donde he estado desde niño y he trabajado hasta mi jubilación. Antes de mi jubilación no tenía tiempo para escribir porque el trabajo me absorbía el tiempo, no solo por trabajar tras la barra, realizaba jornadas extras en otro tipo de eventos lejos del salón del bar.  

¿Cómo era la hostelería en la que usted trabajaba?

Era similar a la de ahora, quizás más descuidada. La de ahora tiene un mobiliario más moderno y otro tipo de preparación. En todos los pueblos debe haber bares y tabernas, si no es de una forma que sean de la otra. Por ejemplo, el nombre del libro viene porque antes había muchas bodegas que atendían a los vecinos de aquella zona. Había unas mesas donde los amantes del dios Baco, por decirlo de alguna forma, echaban sus partidas al truque, mientras tomaban vino de la propia bodega. 

¿Qué locales quedan de la época en la que usted trabajaba?

De aquella época queda el Bar España, los Faroles, el Trini, el Bar Ángel... Creo que no hay ninguno más de aquella época. Los demás han ido desapareciendo y otros que abrieron después duraron poco. Muchos de aquellos bares que había me decían ‘échame un cable’ y acudían por la tarde-noche, cuando se abrían. Yo echaba muchas horas en las barras para la inauguración, pero todos han ido desapareciendo. 

¿Hay alguno que eche de menos de aquel momento?

Todos los que han acudido en mi mente están en el libro. Todos estaban en el centro de Ciudad Real, porque fuera no había nada. Todo se abría en el centro y unos duraban y otros no. No es como ahora, que ela hostelería está extendida a lo largo de la ciudad. 

¿Cómo se articula el libro?

En el libro hay muchas fotografías mías, algunas de ellas dentro de los locales. También hay muchas historias que no tienen que ver con el bar España, muchas son buenas y es que siendo joven todas se pueden contar bien. Yo he frecuentado poco los bares como alterne. Aunque mi vida laboral y personal ha estado dentro de la barra, cuando tenía tiempo libre yo iba de caza y al campo, buscando espárragos y esa serie de cosas.  

¿Qué significa para usted presentar un libro con estos recuerdos?

Es una satisfacción enorme porque yo no tengo estudios primarios y la última vez que pisé una escuela fue cuando tenía 9 años en mi pueblo, Villamayor de Calatrava. Carecer de ese documento escolar no es una deshonra sino una desgracia, porque, primero la guerra y después la posguerra, me cerraron las puertas de la enseñanza. Después de la guerra mi andadura fue sin padre y tuve que trabajar con 12 años. Para mí hacer un libro era inalcanzable, pero lo he conseguido con éste y otros dos libros más: La Plaza del Pilar y Una pluma que no mancha. En éste último recojo anécdotas y vivencias de mucha gente.