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¿Sueñan los androides con perros eléctricos?

Gerardo Medina
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La película 'Finch', protagonizada por Tom Hanks, conquista al espectador con el buen hacer del actor californiano y sus dos amigos

Gracias a Apple TV+ nos llega Finch, una humanista y simpática propuesta de ciencia-ficción con Tom Hanks acompañado por un robot y un perro. Es una de esas películas que uno ve en tiempos de pandemia y que irremediablemente relaciona con el contexto actual. Un hombre aislado de todo en un mundo que ha sucumbido a un desastre que ha diezmado aparte de la población. Todo es casualidad pues la nueva cinta de Miguel Sapochnik nació antes de la pandemia.

No obstante, la ciencia-ficción es quizá el género con el que más podemos establecer paralelismos incómodos con la realidad actual, tanto en el cine como en la literatura. Finch no se libra de ello, como tampoco esconde sus muchos referentes. Es una especie de Soy leyenda, pero desde la mirada inocente de un robot que está aprendiendo a vivir, de un Wall-E que debe madurar en tiempo récord sin perder de vista las leyes de Asimov. Y tampoco esconde los déjà vu que deja en el espectador al ver a Tom Hanks en pantalla, y menos sabiendo que Robert Zemeckis está en la producción. Por ahí resuenan ecos de Náufrago o Forrest Gump, por ejemplo.

Que el californiano es un actor enorme es algo que ya lo sabíamos. Que es capaz de transmitir una humanidad colosal solamente con su mirada, pues también. Y en una película como Finch, tan tremendamente humanista, eso es importante. Pero que aquí le robe el protagonismo un carismático robot y un perro es algo que nadie podría esperar.

Sí, Hanks está convincente, como siempre, pero es ese androide que le acompaña y su cánido los que al final se llevan la función. En ese sentido, la cinta alcanza sus mayores cotas de humanidad y complicidad con el espectador en la parte más artificial de su trío protagonista, y no tanto en ese ser humano ajado que busca con quién dejar a su mascota y amigo si algún día abandona este mundo. Un personaje que nos obliga a preguntarnos, a modo de Philip K. Dick, si los androides soñarán con perros eléctricos.

Cuando llegan los minutos finales, uno está enamorado de ese niño sintético y quiere ver más de su bagaje por ese mundo post apocalíptico cuyos horrores no se muestran en exceso, porque no es algo necesario. Porque Finch juega en otra liga. Esto no es La carretera de John Hillcoat. Es una road movie cargada de buenos sentimientos que consigue sacar el aspecto más positivo de una raza condenada por sus propios excesos. 

A nivel artístico y técnico, la película es un absoluto prodigio. Sapochnik confirma su buen hacer tras la cámara, ese que ya nos diera algunos de los mejores episodios de la serie Juego de Tronos, acompañado por un formidable trabajo de fotografía y unos efectos especiales tremendamente realistas. Impresionan los Estados Unidos sepultados bajo las arenas del tiempo.

Y por supuesto, su enorme buen rollo. Es una feel good movie cargada de positividad y de una mirada melancólica hacia el pasado y el futuro de un planeta que tiene los días contados. 

Un filme que, pese a la crudeza que encierra su mensaje de advertencia hacia lo que le hacemos a nuestro mundo, se ve con una amplia sonrisa. Y esto, en tiempos de crisis como los que nos está tocando vivir, es un regalo. Pero hay que insistir en ello: esto es pura casualidad, la que otorga la ciencia-ficción como reflejo de nuestro propio sino como especie.