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José Luis Loarce

Con Permiso

José Luis Loarce


Metafísica del cardo

05/07/2022

Que no, que mi geografía no existe. Es una ficción. Un imposible. Creo que cada día me parece tenerlo más claro. Que el sol de plomo derretido que cae sobre los campos segados y calcina el horizonte de la mirada es una acuarela marina de William Turner. Que el conejo aplastado del camino, convertido casi en un grabado sobre la tierra arcillosa o en un logo del itinerario, es acaso un trasunto de Cómo explicar las imágenes a una liebre muerta, la célebre performance de Joseph Beuys en una galería de Düsseldorf —"representa un hogar en la tierra", dijo el alemán—, animales que horadan el suelo, perforan en cientos de madrigueras la tierra seca y solar que bordeamos.

Son solo imágenes. Cerros como perfectos montoncitos pinchados por cientos de antenas aquí y allá. El paisaje banderilleado por molinitos de tres aspas que asesinan a las nubes y a los pájaros. El espejismo del páramo metalizado por una infinidad de placas empachadas de sol, bebiendo la energía que vivifica y mortifica al mundo. Asisto así a una suerte de viaje ficticio en vertical, pues abajo el suelo se abre en excavaciones abandonadas, en canteras hondas como el decorado de un western donde anidan y sobrevuelan aves, seres mágicos, aguas agrias o dulces tal vez, reductos de esa eterna búsqueda bajo nuestros pies buscando oro, metales, pepitas de vida, contrapuesto —en enfrentamiento trágico— a ese otro ascenso que atrapa los vientos más altos, los astros más libres, los cielos más lejanos y poderosos.

Es la imaginación que ha trazado una zanja de broza que llaman Jabalón o Azuer o algo parecido. Como cicatrices de un tiempo sobre los mapas o costurones con que hemos ido suturando el paso de la vida. Como cuando el Google Maps nombra a su modo y dice 'Arroyo del asno' —esa toponimia manchega—, y nos va salpicando entonces un anárquico tropel de cardos, orgullosos y altivos, pinchudos y heroicos, en acompañada soledad, elevados sobre las cunetas abandonadas, recortados contra el azul en un contrapicado inédito, sus crestas color violeta como absurdos punkis de secano… "Cardos y penas llevo por corona", escribía Miguel Hernández. "Cardencha de humildad, quieta en tu anclaje, / mástil con el rastrojo por velero", cantó Eladio Cabañero en su poema Cardencha de otoño, y en Tomelloso, sus paisanos y poetas del grupo Jaraiz denominaron El Cardo de Bronce a su revista de poesía y pensamiento.

Qué inequívoca seña metafísica la suya, de una dureza inhóspita y un lirismo que araña el alma. Al cabo, ficción pura y dura. Signo más que símbolo. Abrasado y desesperanzado cardo, tan crecido de luz y de vacío.

ARCHIVADO EN: Tomelloso